Exilio a Babylon, la obra escrita por Doménico Chiappe e ilustrada por Andreas H., se erige como una de las piezas más introspectivas y visualmente subyugantes del cómic contemporáneo en español. Esta novela gráfica no es solo una incursión en la ciencia ficción distópica, sino un ejercicio de narrativa negra que utiliza el escenario de un futuro decadente para explorar las fracturas de la condición humana y la segregación social extrema.
La historia nos sitúa en Babylon, una megalópolis vertical y asfixiante que sirve como último refugio —o última prisión— para una humanidad que ha agotado los recursos del planeta. En este entorno, la arquitectura no es solo un fondo, sino una manifestación física de la jerarquía: las élites habitan las alturas, bañadas por una luz artificial y rodeadas de lujos tecnológicos, mientras que las clases desposeídas sobreviven en los niveles inferiores, en una penumbra perpetua donde la humedad, el óxido y la desesperanza son la única constante.
El protagonista de este relato es Lázaro, un personaje que encarna el arquetipo del antihéroe del género *hardboiled*. Lázaro trabaja como un "rastreador" o recuperador, un hombre cuya labor consiste en localizar a personas que han desaparecido en los laberínticos suburbios de la ciudad o que han intentado escapar de un sistema que no permite las fugas. Su existencia es cínica y solitaria, marcada por un pasado que se intuye tormentoso y por una falta de fe absoluta en las instituciones que gobiernan Babylon.
La trama se pone en marcha cuando Lázaro recibe un encargo aparentemente rutinario pero que pronto revela capas de una conspiración mucho más profunda. A través de su investigación, el lector es conducido por un descenso literal y metafórico a las entrañas de la ciudad. La búsqueda de un individuo se convierte en el vehículo para mostrar las tripas de una sociedad controlada por corporaciones omnipresentes y una burocracia deshumanizada que ha convertido la vida en una mercancía intercambiable.
Uno de los pilares fundamentales de Exilio a Babylon es su apartado visual. El trabajo de Andreas H. es fundamental para transmitir la atmósfera de opresión que impregna el guion de Chiappe. Con un uso magistral del blanco y negro, el dibujo se caracteriza por un detallismo obsesivo en las texturas y una arquitectura que parece devorar a los personajes. Las sombras no son solo ausencia de luz, sino elementos narrativos que ocultan secretos y subrayan la soledad de Lázaro. El estilo visual bebe directamente del expresionismo y del *cyberpunk* más sucio, alejándose de la estética limpia de otras obras del género para abrazar una fealdad poética que resulta fascinante.
Temáticamente, el cómic aborda el concepto del "exilio" no como un desplazamiento geográfico, sino como un estado mental. En Babylon, todos están exiliados: de su pasado, de su humanidad y de cualquier conexión real con los demás. La tecnología, lejos de ser una herramienta de liberación, actúa como una cadena que monitoriza y aliena. La obra reflexiona sobre la memoria, la identidad y la posibilidad de redención en un mundo que parece haber olvidado el significado de la palabra.
La narrativa de Chiappe es densa y cargada de matices, evitando las explicaciones fáciles y permitiendo que el lector reconstruya el mundo a través de los diálogos cortantes y las reflexiones internas del protagonista. No hay concesiones al optimismo gratuito; Babylon es un lugar implacable donde la supervivencia tiene un precio moral muy alto.
En conclusión, Exilio a Babylon es una obra imprescindible para los amantes del cómic adulto que buscan algo más que entretenimiento. Es una propuesta que desafía al lector, obligándolo a mirar hacia los rincones más oscuros de una sociedad futura que, trágicamente, guarda demasiados paralelismos con las tensiones y desigualdades de nuestro presente. Es una historia de sombras, de búsqueda y, sobre todo, de la lucha silenciosa de un hombre por encontrar un rastro de verdad en una ciudad construida sobre mentiras y acero.