A principios de la década de los 2000, la editorial Top Cow Productions se encontraba en un periodo de expansión creativa, buscando revitalizar franquicias clásicas mediante cruces inesperados con sus personajes insignia. Uno de los experimentos más singulares y visualmente impactantes de esta era fue el crossover "Battle of the Planets / Witchblade", publicado en 2003. Este número único (one-shot) representa una colisión de géneros que, sobre el papel, parecen opuestos: la ciencia ficción espacial de estética setentera y el horror sobrenatural moderno con tintes detectivescos.
La premisa del cómic nos sitúa en el universo de *Battle of the Planets* (la adaptación occidental de la legendaria serie de anime *Science Ninja Team Gatchaman*). El equipo G-Force, compuesto por Mark, Jason, Princess, Keyop y Tiny, continúa su eterna lucha contra las fuerzas invasoras del planeta Spectra, lideradas por el enigmático y andrógino Zoltar. Sin embargo, el equilibrio de este conflicto intergaláctico se ve alterado por la irrupción de un elemento anacrónico y místico: el Witchblade, un artefacto orgánico y sensible que ha pasado de generación en generación a través de mujeres guerreras.
La historia comienza cuando Sara Pezzini, la detective de Nueva York y portadora contemporánea del Witchblade, se ve transportada a través del tiempo y el espacio, aterrizando en el centro de una operación táctica del equipo G-Force. La narrativa evita los preámbulos innecesarios para sumergir al lector en la confusión inicial de Sara, quien debe adaptarse rápidamente a un entorno de tecnología avanzada, naves espaciales y uniformes de aves fénix. Por su parte, el equipo G-Force, acostumbrado a lidiar con amenazas alienígenas tangibles, se muestra escéptico ante la naturaleza biológica y aparentemente mágica del arma que porta la recién llegada.
El guion, a cargo de Munier Sharrieff, maneja con destreza el contraste entre la rigidez militar y el heroísmo idealista de G-Force frente al cinismo y la actitud pragmática de Pezzini. El conflicto central se dispara cuando Zoltar, siempre en busca de una ventaja tecnológica o de poder absoluto para subyugar a la Tierra, pone sus ojos en el Witchblade. El villano de Spectra percibe el guantelete no como una reliquia mística, sino como una bio-arma de potencial incalculable que podría inclinar la balanza a su favor de manera definitiva.
Uno de los puntos más destacados de esta obra es su apartado visual. El dibujo de Wilson Tortosa captura la esencia del diseño original de Tatsunoko Production, pero le otorga un acabado más dinámico y detallado, propio del estilo "Amerimanga" que predominaba en ciertos sectores del cómic estadounidense de la época. Tortosa logra que la armadura orgánica del Witchblade, conocida por su diseño intrincado y a veces caótico, coexista de forma armoniosa con las líneas limpias y futuristas de la nave Phoenix y los trajes del equipo G-Force.
La sinopsis se desarrolla a través de una serie de secuencias de acción coreografiadas donde vemos, por primera vez, la combinación de las artes marciales ninja del equipo con las ráfagas de energía y la capacidad de regeneración del artefacto de Sara. La trama no solo se limita al combate; explora brevemente la conexión entre la tecnología de "transmutación" que utiliza G-Force para activar sus poderes y la naturaleza metamórfica del Witchblade, sugiriendo que, en niveles fundamentales, la ciencia avanzada y la magia antigua podrían compartir un origen común.
Sin caer en spoilers, el clímax de la obra obliga a Sara Pezzini a confiar en un equipo de jóvenes héroes cuyas reglas de combate son muy distintas a las de las calles de Nueva York, mientras que Mark y sus compañeros deben aceptar que existen fuerzas en el universo que no pueden ser explicadas mediante la física convencional. El cómic funciona como una cápsula del tiempo que celebra la nostalgia de los años 70 y la estética oscura de los 90, ofreciendo una lectura autoconclusiva que respeta la mitología de ambas franquicias sin desvirtuar a sus protagonistas. Es, en esencia, un ejercicio de estilo que demuestra cómo dos mundos tan dispares pueden converger en una narrativa de acción sólida y coherente.