Vinci, la obra gestada por la inigualable dupla creativa compuesta por el guionista paraguayo Robin Wood y el dibujante argentino Carlos Casalla, representa uno de los hitos más sofisticados de la historieta histórica latinoamericana, publicada originalmente bajo el sello de la mítica Editorial Columba. Lejos de ser una biografía académica o un frío relato de fechas y logros, este cómic se sumerge en la psique y el entorno de Leonardo da Vinci, transformando la figura del genio universal en un protagonista de carne y hueso, vulnerable, errante y perpetuamente insatisfecho.
La narrativa se sitúa en el corazón del Renacimiento italiano, un periodo de esplendor artístico que convive con la brutalidad política, las intrigas palaciegas y la guerra constante. Wood, maestro en la construcción de personajes introspectivos, nos presenta a un Leonardo que no solo es pintor, anatomista e ingeniero, sino un hombre cuya curiosidad insaciable actúa tanto como un don como una maldición. La trama sigue sus pasos desde sus años de formación en el taller de Verrocchio en Florencia hasta su madurez, recorriendo las cortes de los hombres más poderosos y peligrosos de su tiempo, como los Médici, los Sforza y los Borgia.
El guion evita caer en el hagiográfico. El Leonardo de Wood es un observador agudo que camina por un mundo que no termina de comprender su ritmo. La serie se estructura a través de episodios que funcionan como ventanas a diferentes momentos de su vida, donde el conflicto central suele ser la tensión entre la pureza del conocimiento y el uso pragmático (y a menudo bélico) que los poderosos quieren darle a sus inventos. A través de sus monólogos internos, el lector accede a las dudas de un hombre que ve patrones en el vuelo de los pájaros y en el fluir del agua, mientras a su alrededor se gestan traiciones y asesinatos.
En el apartado visual, Carlos Casalla realiza un trabajo de reconstrucción histórica soberbio. Su estilo, caracterizado por un realismo dinámico y un uso magistral de las sombras, logra capturar la atmósfera de las ciudades-estado italianas. Casalla no se limita a ilustrar; dota a Leonardo de una expresividad contenida, donde la mirada del protagonista refleja esa búsqueda constante de respuestas. El diseño de los escenarios, desde los talleres desordenados llenos de bocetos y máquinas a medio terminar hasta la opulencia de los palacios romanos, está ejecutado con una precisión que denota una profunda investigación previa. La narrativa visual fluye con elegancia, permitiendo que el ritmo de la historia se detenga en la contemplación de una obra de arte o se acelere en medio de una huida política.
Uno de los puntos más fuertes de Vinci es cómo aborda la soledad del genio. El cómic explora la dificultad de Leonardo para establecer vínculos emocionales duraderos, su relación con sus discípulos y su eterna rivalidad —o más bien, contraste ético y estético— con otros artistas de la época. No es un cómic de acción en el sentido tradicional, aunque la aventura está presente; es un cómic de ideas, de descubrimientos y de la lucha de un individuo por mantenerse fiel a su intelecto en un mundo dominado por el dogma y la fuerza bruta.
En conclusión, Vinci es una obra imprescindible para entender la capacidad del noveno arte para abordar la historia con profundidad psicológica. Robin Wood y Carlos Casalla logran despojar a Da Vinci del mármol de las estatuas para devolverle su humanidad, entregando una crónica fascinante sobre la belleza, el horror y la incansable búsqueda de la verdad que define la condición humana. Es una pieza de narrativa gráfica que exige una lectura atenta, recompensando al lector con una visión íntima de uno de los periodos más vibrantes de la historia de la humanidad a través de los ojos de su observador más privilegiado.