El Hombre de Java

Antonio Hernández Palacios es una figura capital en la historia del cómic español, y su obra "El Hombre de Java" representa uno de los hitos más ambiciosos de su producción durante la década de los ochenta. Publicada originalmente en 1982 dentro de la colección "Imágenes de la Historia", esta obra se aleja de los convencionalismos del género de aventuras para adentrarse en un terreno que combina la antropología, la supervivencia extrema y un lirismo visual sin precedentes en la historieta europea de la época.

La trama nos sitúa en el Pleistoceno, específicamente en la isla de Java, hace cientos de miles de años. El protagonista es un espécimen de *Homo erectus* (históricamente conocido como el Hombre de Java), un ser que se encuentra en el umbral evolutivo entre el instinto animal y el despertar de la conciencia humana. La narrativa no sigue una estructura de diálogos convencionales —dado que el lenguaje articulado tal como lo conocemos no existía—, sino que se apoya en una voz en off reflexiva y, sobre todo, en la capacidad de las imágenes para transmitir la brutalidad y la belleza de un mundo primigenio.

El eje central del cómic es el viaje. No es solo un desplazamiento físico a través de una geografía hostil compuesta por selvas densas, zonas volcánicas y llanuras peligrosas, sino un viaje existencial. El protagonista debe enfrentarse a una naturaleza que no perdona: la lucha por el alimento, el acecho de depredadores prehistóricos y la constante amenaza de los elementos naturales. Sin embargo, el conflicto más profundo reside en el encuentro con otros grupos de homínidos y la gestión de la violencia, la curiosidad y el incipiente sentido de comunidad.

Desde el punto de vista técnico, "El Hombre de Java" es una exhibición del virtuosismo de Palacios. El autor abandona la línea clara para abrazar un estilo pictórico, denso y profundamente detallado. Cada viñeta está trabajada con una minuciosidad casi obsesiva, donde el uso del color —predominando los tonos ocres, verdes profundos y rojizos— recrea una atmósfera opresiva y húmeda. La anatomía de los personajes está tratada con un rigor científico que no sacrifica la expresividad; los rostros de estos antepasados transmiten una gama de emociones que van desde el terror más absoluto hasta una melancolía primitiva ante la inmensidad del cosmos.

La obra destaca por su capacidad para sumergir al lector en una temporalidad distinta. El ritmo narrativo es pausado, permitiendo que el entorno sea un personaje más. Palacios utiliza la composición de página para enfatizar la pequeñez del individuo frente a la magnitud de la naturaleza. No hay héroes en el sentido clásico, solo supervivientes que empiezan a descubrir herramientas, el fuego y, quizás lo más importante, la capacidad de recordar y prever.

"El Hombre de Java" se despoja de cualquier artificio melodramático. Es una obra cruda que busca la verosimilitud histórica y biológica, evitando caer en los anacronismos habituales del género de "hombres de las cavernas". El autor propone una reflexión sobre qué es lo que nos hace humanos, situando el foco en ese momento preciso en que la chispa de la inteligencia empieza a transformar la percepción del entorno.

En resumen, este cómic es una pieza fundamental para entender la evolución de la narrativa gráfica española hacia temas más adultos y experimentales. Es una experiencia sensorial que exige una lectura atenta de la imagen, donde el silencio de los personajes es llenado por la maestría de un dibujo que narra por sí solo la epopeya de nuestros orígenes. Una obra imprescindible para los estudiosos del medio y para aquellos interesados en la representación de la prehistoria desde una perspectiva seria y artísticamente superlativa.

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