La etapa de Titan Comics dedicada a la encarnación de Peter Capaldi alcanzó uno de sus puntos álgidos con la publicación de "Doctor Who: El Duodécimo Doctor Año 3". Esta serie de cómics no solo funciona como un complemento a la décima temporada de la serie de televisión, sino que expande de manera significativa la mitología del Doctor en un formato que permite una escala visual y narrativa que a menudo supera las limitaciones presupuestarias de la pantalla pequeña.
En este tercer año, la narrativa se sitúa firmemente en la era del "Doctor Profesor". Tras los eventos de los años anteriores, encontramos a un Duodécimo Doctor que ha refinado su personalidad: es menos brusco que en sus inicios, pero mantiene esa intensidad intelectual y ese aire de estrella de rock envejecida que caracteriza a la versión de Capaldi. El núcleo emocional de este volumen reside en la incorporación de Bill Potts como acompañante principal. La transición de Bill de la televisión al cómic es impecable; los guionistas capturan su curiosidad insaciable, su pragmatismo y su capacidad para cuestionar las excentricidades del Doctor, lo que genera una dinámica de mentor y alumna que se siente fresca y vital.
Estructuralmente, "Año 3" se aleja de las historias autoconclusivas breves para apostar por arcos argumentales más ambiciosos y entrelazados. La serie comienza con una fuerza arrolladora, llevando al Doctor y a Bill a escenarios que desafían la lógica temporal. Uno de los grandes aciertos de esta etapa es cómo utiliza el trasfondo de la Universidad de St. Luke en Bristol como base de operaciones, permitiendo que las aventuras espaciales tengan un ancla en la realidad cotidiana de Bill. Sin embargo, la calma académica es solo una fachada para las amenazas cósmicas que acechan en cada esquina del tiempo.
El guion, liderado principalmente por George Mann y Richard Dinnick, demuestra un conocimiento profundo de la voz del Duodécimo Doctor. Los diálogos son rápidos, cargados de tecnicismos pseudocientíficos y momentos de una introspección casi poética. Los autores logran equilibrar el sentido de la maravilla con una atmósfera de peligro inminente. A diferencia de años anteriores, aquí se percibe una mayor cohesión con el canon televisivo, explorando los huecos narrativos que la temporada 10 dejó abiertos, especialmente en lo que respecta a la custodia de la Bóveda y las responsabilidades que el Doctor ha jurado mantener en la Tierra.
En el apartado artístico, el cómic destaca por su fidelidad visual. Artistas como Mariano Laclaustra y Rachael Stott realizan un trabajo excepcional al capturar la fisonomía de Peter Capaldi, especialmente su expresividad facial y sus icónicas "cejas de ataque". El diseño de los mundos alienígenas es imaginativo y aprovecha las posibilidades del medio para presentar arquitecturas imposibles y criaturas que serían complejas de realizar con efectos prácticos. El uso del color es vibrante, diferenciando claramente las atmósferas opresivas de naves espaciales abandonadas de la luminosidad de planetas exóticos.
Un elemento recurrente en este "Año 3" es la exploración de las consecuencias. El Doctor se enfrenta a dilemas morales donde no hay una solución perfecta, subrayando el peso de la longevidad de un Señor del Tiempo. La inclusión ocasional de Nardole añade un contrapunto cómico y de sensatez que equilibra la temeridad del Doctor. A lo largo de los números que componen este año, el lector es testigo de una evolución en la relación entre los protagonistas, cimentando una confianza que será puesta a prueba por enemigos tanto clásicos como creados específicamente para esta serie.
En conclusión, "Doctor Who: El Duodécimo Doctor Año 3" es una pieza esencial para cualquier seguidor de la etapa de Capaldi. Es un cómic que entiende que la esencia de Doctor Who no reside solo en los monstruos o los viajes en el tiempo, sino en la curiosidad humana