La saga de *El Último Zombie*, escrita por Alejandro Farías e ilustrada por Martín Tunica, representa uno de los hitos más significativos del cómic argentino contemporáneo, alejándose de los tropos habituales del género de terror para adentrarse en una narrativa introspectiva y melancólica. En su cuarta entrega, titulada *Neverland*, la historia alcanza un punto de madurez narrativa donde el viaje físico del protagonista se entrelaza de manera indisoluble con un descenso a las profundidades de la psique humana y la ética en tiempos de extinción.
La trama continúa siguiendo los pasos del doctor Eric Schierloh, un hombre cuya existencia está definida por una misión aparentemente imposible: encontrar una cura para el virus que ha devastado a la humanidad, convirtiendo a la población en criaturas carentes de voluntad. Sin embargo, a diferencia de otras obras del género, aquí el "zombie" no es solo una amenaza física, sino un espejo de la pérdida de identidad. En *Neverland*, Schierloh llega a un enclave que parece desafiar la lógica del mundo exterior. Este refugio, que da nombre al tomo, se presenta como una comunidad aislada, un oasis de aparente normalidad y orden en medio del caos absoluto que reina en el resto del continente.
El título, una referencia directa a la obra de J.M. Barrie, no es accidental. *Neverland* explora la idea de la infancia preservada y la negación del paso del tiempo. En este asentamiento, un grupo de niños y jóvenes vive bajo la protección de reglas estrictas, intentando mantener una chispa de inocencia que el mundo exterior ya ha devorado. Para Schierloh, la llegada a este lugar supone un choque ideológico y emocional. Acostumbrado a la desolación de las carreteras y al silencio de las ciudades muertas, la vitalidad —aunque sea una vitalidad frágil y vigilada— de *Neverland* le obliga a cuestionar si su búsqueda de una cura médica tiene sentido en un mundo que ya ha aprendido a reorganizarse sobre las cenizas de la civilización anterior.
Narrativamente, este volumen se aleja de las grandes secuencias de acción para centrarse en la tensión psicológica. El conflicto no surge de hordas de no-muertos golpeando las puertas, sino del misterio que subyace en la estructura social de la comunidad. ¿Cómo se mantiene la paz en el fin del mundo? ¿Cuál es el precio de la seguridad? La interacción de Schierloh con los líderes del asentamiento y con los propios niños revela las grietas de una utopía que, como el País de Nunca Jamás original, esconde sombras inquietantes bajo su superficie de juego y refugio.
El apartado visual de Martín Tunica es fundamental para transmitir esta atmósfera. Su dibujo, caracterizado por un uso magistral de las sombras y un trazo sucio pero detallado, logra que el lector sienta el peso del cansancio en el rostro del protagonista. En *Neverland*, Tunica juega con el contraste entre los espacios abiertos y desolados del páramo y la arquitectura cerrada y opresiva del refugio. La expresividad de los personajes, especialmente la mirada de los niños, aporta una capa de lectura adicional que el guion de Farías complementa con diálogos precisos y reflexiones existencialistas.
*El Último Zombie – Neverland* no es solo un capítulo más en una historia de supervivencia; es una disección sobre la esperanza y el autoengaño. A través de la figura del doctor Schierloh, el cómic plantea si la humanidad merece ser salvada o si, por el contrario, los nuevos modelos sociales que surgen del desastre son la única evolución posible. Es una obra que exige una lectura pausada, donde el horror reside menos en la transformación biológica y más en la capacidad del ser humano para adaptarse a lo inaceptable con tal de no enfrentar la soledad absoluta. Sin recurrir a giros efectistas, este tomo consolida la saga como una pieza imprescindible de la narrativa gráfica, ofreciendo una visión desoladora pero profundamente humana del post