Bodycount no es solo un cómic; es una anomalía visceral dentro del universo de las Tortugas Ninja que redefine los límites de la violencia en el medio. Publicada originalmente a mediados de los años 90, esta miniserie de cuatro números representa la colaboración definitiva entre dos titanes de la industria: Kevin Eastman, co-creador de las TMNT, y Simon Bisley, el legendario artista británico cuya fama se cimentó en obras como *Sláine* y *Lobo*. La mención de Bisley es fundamental, ya que su estilo hiperdetallado, caótico y grotesco es el motor que impulsa cada página de esta obra.
La premisa de Bodycount se aleja drásticamente del tono heroico o incluso del tono oscuro pero contenido de los cómics originales de Mirage Studios. Aquí, el enfoque recae exclusivamente en los dos personajes más volátiles y propensos a la violencia del elenco principal: Raphael y Casey Jones. La historia comienza de manera frenética y nunca reduce la velocidad. Casey y Raphael se ven envueltos accidentalmente en una guerra de bandas de proporciones épicas cuando deciden proteger a Midnight, una mujer que huye de una organización criminal de alcance internacional tras una traición interna.
Lo que sigue es una "road movie" de acción desenfrenada que atraviesa paisajes urbanos decadentes. A diferencia de otras historias de las Tortugas Ninja, donde el sigilo y la estrategia ninja son claves, en Bodycount la narrativa se entrega por completo al exceso de las armas de fuego, las explosiones y el combate cuerpo a cuerpo más crudo imaginable. La trama es deliberadamente lineal, funcionando como una estructura mínima diseñada para permitir que el arte de Bisley brille en toda su gloria destructiva. No hay espacio para la reflexión filosófica; es un ejercicio de adrenalina pura y estética *grindhouse*.
El trabajo de Simon Bisley en esta miniserie es, sencillamente, espectacular. Su interpretación de Raphael lo aleja de la tortuga antropomórfica estándar para convertirlo en una masa de músculos, cicatrices y furia contenida. Casey Jones, por su parte, es retratado como un maníaco desquiciado cuya máscara de hockey oculta una sed de caos que encaja perfectamente con el entorno. El uso de la perspectiva, las anatomías exageradas y la saturación de detalles en cada viñeta —desde los casquillos de bala volando hasta las salpicaduras de fluidos— crea una experiencia visual abrumadora que captura la esencia del cómic "extremo" de los 90, pero con una maestría técnica que pocos artistas de esa era podían igualar.
El guion de Eastman entiende perfectamente su propósito: proporcionar el contexto necesario para que la carnicería tenga un sentido rítmico. El diálogo es rudo, cargado de humor negro y cinismo, reflejando la química de "hermanos de armas" entre Raphael y Casey. La relación entre ambos se pone a prueba no mediante dilemas morales complejos, sino a través de la pura resistencia física y la lealtad en medio de un tiroteo interminable contra oleadas de asesinos a sueldo y gánsteres de alto nivel.
Bodycount es una pieza de culto esencial para entender una época específica del cómic independiente americano. Es una obra que ignora las convenciones del género de superhéroes para abrazar el cine de acción de serie B y el cómic europeo de vanguardia. Para el lector que busca una experiencia visual intensa, donde el arte de un maestro como Bisley (el hombre que dio vida visual a la brutalidad de *Sláine*) se fusiona con la mitología urbana de las Tortugas Ninja, esta miniserie es un documento histórico imprescindible. Es, en definitiva, un festín de tinta y destrucción que demuestra que, bajo las circunstancias adecuadas, incluso los héroes más conocidos pueden descender a los infiernos de la violencia más absoluta sin perder su identidad.