Black Deker, la obra cumbre de Fernando De Felipe, se erige como uno de los pilares fundamentales del cómic adulto español de los años noventa. Publicada originalmente por entregas en la mítica revista *Viñetas* y posteriormente recopilada por Glénat, esta obra no es solo un ejercicio de ciencia ficción distópica, sino un tratado visual y narrativo sobre la decadencia moral, la alienación urbana y la fragilidad de la psique humana.
La historia nos sitúa en un futuro indeterminado, en una metrópolis asfixiante que respira un aire cargado de polución, nihilismo y desesperanza. En este escenario, conocemos a Deker, el protagonista que da nombre a la obra. Deker no es un héroe, ni siquiera un antihéroe al uso; es un "ejecutor" o "limpiador" que trabaja para las altas esferas de una sociedad estratificada y cruel. Su labor consiste en eliminar aquello que el sistema considera excedente o molesto, moviéndose en los márgenes de una legalidad dictada por el poder corporativo y la amoralidad.
Lo que diferencia a *Black Deker* de otros relatos de corte ciberpunk o noir futurista es la profundidad psicológica con la que De Felipe dota a su personaje. Deker es un hombre atormentado por su propia naturaleza y por el entorno que lo rodea. Su trabajo no es solo una profesión, es una condena que lo obliga a enfrentarse constantemente a la fealdad del ser humano. La narrativa se aleja de la acción gratuita para centrarse en el peso existencial de los actos del protagonista, explorando temas como la pérdida de la identidad, el valor de la memoria y la deshumanización en un mundo donde la tecnología y el cemento han devorado la empatía.
El entorno urbano juega un papel crucial, funcionando casi como un personaje secundario. La ciudad de *Black Deker* es un laberinto de sombras, estructuras industriales decadentes y espacios claustrofóbicos. No hay horizontes abiertos; todo es opresión. Esta atmósfera se ve potenciada por el extraordinario apartado gráfico de Fernando De Felipe. Su estilo, fuertemente influenciado por el cine y por maestros del cómic europeo, destaca por un uso magistral del claroscuro y una atención obsesiva al detalle. Cada viñeta está cargada de texturas que transmiten suciedad, frío y una sensación de abandono constante.
Narrativamente, la obra se estructura a través de casos o misiones que Deker debe llevar a cabo, pero estas sirven como excusa para profundizar en la filosofía del personaje y en la crítica social que subyace en cada página. El autor utiliza un lenguaje visual cinematográfico, con encuadres arriesgados y un ritmo que alterna momentos de una violencia seca y cruda con pasajes de una introspección casi poética. La paleta de colores (o el uso del blanco y negro en ciertas ediciones) refuerza esa sensación de mundo terminal donde la luz parece haber sido desterrada.
*Black Deker* también aborda la relación del individuo con el poder. A través de los encargos que recibe el protagonista, se vislumbra una red de corrupción y manipulación que maneja los hilos de la sociedad. Deker es una pieza más de ese engranaje, consciente de su insignificancia pero incapaz de escapar de la inercia destructiva de su realidad. La obra evita los finales complacientes y las soluciones fáciles, manteniendo hasta el último momento una coherencia tonal con el pesimismo que la define.
En resumen, *Black Deker* es una pieza imprescindible para entender la evolución del cómic de autor en España. Es una obra densa, visualmente impactante y temáticamente ambiciosa que invita al lector a reflexionar sobre hacia dónde se dirige la civilización cuando el progreso técnico se desconecta de la ética. Sin recurrir a artificios innecesarios, Fernando De Felipe logra construir un universo propio, oscuro y fascinante, que permanece en la memoria del lector mucho después de haber cerrado el álbum. Es, en esencia, un retrato visceral de la soledad del hombre moderno frente al abismo de la modernidad.