Halcones de Ultramar

Halcones de Ultramar: La cruda épica de Robert E. Howard en el noveno arte

*Halcones de Ultramar* (originalmente *Hawks of Outremer*) representa una de las incursiones más viscerales y fidedignas de la narrativa de Robert E. Howard, el padre de la espada y brujería, en el mundo del cómic contemporáneo. Adaptada por el guionista Michael Avon Oeming y dibujada por Diego Bernard, esta obra no es solo una traslación de prosa a viñetas, sino una reconstrucción meticulosa de la atmósfera de desesperación, honor y violencia que caracteriza los relatos históricos de Howard.

La trama se sitúa en un escenario histórico de una brutalidad incuestionable: la Tercera Cruzada en Tierra Santa, a finales del siglo XII. El protagonista es Cormac Fitzgeoffrey, un personaje que comparte el ADN espiritual de Conan el Bárbaro o Solomon Kane, pero anclado en un realismo histórico que prescinde de elementos sobrenaturales para centrarse en la monstruosidad humana. Fitzgeoffrey es un guerrero mestizo, hijo de un caballero normando y una mujer irlandesa, lo que lo convierte en un paria en ambos mundos. Esta dualidad define su carácter: posee la disciplina táctica de los normandos y la furia indomable de los celtas.

La narrativa arranca tras la caída de Acre en 1191. Cormac Fitzgeoffrey se encuentra al servicio del rey Ricardo Corazón de León, pero su lealtad no reside en causas religiosas ni en fervor patriótico, sino en un código de honor personal y en la devoción hacia su señor feudal. Cuando este es asesinado en una red de intrigas políticas y traiciones que involucran tanto a cruzados como a sarracenos, Cormac se desvincula de los ejércitos oficiales para emprender una senda de venganza ciega y absoluta.

El guion de Oeming respeta la cadencia de Howard, evitando los diálogos excesivos y permitiendo que la acción defina a los personajes. La historia se estructura como un descenso a los infiernos de la guerra, donde las fronteras entre el bien y el mal se difuminan bajo el sol abrasador del desierto. No hay héroes de reluciente armadura; hay supervivientes cubiertos de sangre y barro. La trama explora la geopolítica de la época, mostrando las tensiones internas entre los líderes cruzados y la complejidad del imperio de Saladino, pero siempre desde la perspectiva periférica y cínica de Cormac.

Visualmente, el trabajo de Diego Bernard es fundamental para transmitir la crudeza del relato. Su estilo se aleja de la limpieza estética para abrazar un realismo sucio y detallado. El diseño de armaduras, armamento y arquitectura de la época está ejecutado con rigor, lo que ayuda a sumergir al lector en el siglo XII. Las escenas de combate son coreografiadas con una violencia coreográfica que enfatiza la fuerza bruta de Fitzgeoffrey; cada tajo y cada impacto se sienten pesados, transmitiendo la fisicidad del conflicto medieval. El uso de las sombras y la composición de las páginas refuerzan la sensación de aislamiento del protagonista, un hombre que es, en esencia, una fuerza de la naturaleza desatada en un tablero de ajedrez político que no comprende ni le interesa.

*Halcones de Ultramar* destaca por su capacidad para capturar la esencia del "héroe howardiano": un individuo que se rige por sus propios instintos en un mundo civilizado que considera hipócrita y decadente. A través de sus páginas, el lector asiste a una persecución implacable donde Cormac debe enfrentarse no solo a enemigos formidables, sino a la propia naturaleza de su ira. La obra funciona como un estudio sobre la venganza y la alienación, envuelto en una narrativa de aventuras de ritmo frenético que no da tregua.

En conclusión, este cómic es una pieza imprescindible para los seguidores de la obra de Robert E. Howard y para los entusiastas del cómic histórico de corte adulto. Logra equilibrar la precisión de la ambientación con la energía cruda de la ficción de explotación, entregando una historia autoconclusiva que destila la pureza del conflicto humano en su estado más primario. Sin necesidad de recur

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