Orlando y el juego, la obra cumbre de Luis Durán, se erige como uno de los monumentos más singulares, complejos y fascinantes de la narrativa gráfica española contemporánea. Publicada originalmente de forma serializada y posteriormente recopilada en un volumen integral, esta pieza representa la culminación del estilo introspectivo y metafísico que ha caracterizado la trayectoria de su autor. No estamos ante un cómic de aventuras al uso, sino ante una odisea filosófica que utiliza el lenguaje de la historieta para explorar los límites de la realidad, la memoria y la propia creación literaria.
La trama gira en torno a Orlando, un personaje de naturaleza esquiva y casi mítica que se desplaza a través de diferentes planos temporales y espaciales. Orlando no es un héroe en el sentido clásico; es más bien un observador y un participante en un mecanismo cósmico que el autor denomina simplemente "el juego". Este juego no posee reglas explícitas para el lector desde el inicio, sino que se va revelando como una estructura que rige el destino de los seres humanos, las historias que estos cuentan y la forma en que el pasado y el futuro se entrelazan de manera circular.
La narrativa de Durán en esta obra se aleja de la linealidad convencional. El lector es arrojado a un laberinto de situaciones que parecen independientes en un principio: desde relatos ambientados en una Edad Media onírica hasta escenarios que evocan un futuro distópico o realidades paralelas donde las leyes de la física son distintas. Sin embargo, todos estos fragmentos están conectados por la presencia de Orlando y por la recurrencia de ciertos símbolos y objetos que actúan como anclas narrativas. La estructura del cómic imita la de un tablero de juego infinito donde cada viñeta es un movimiento y cada capítulo una fase de una partida cuya finalidad última es la comprensión de la existencia misma.
Visualmente, Orlando y el juego es un despliegue de maestría técnica y sensibilidad artística. Luis Durán emplea un dibujo en blanco y negro de una densidad asombrosa. Su trazo, caracterizado por un uso meticuloso del rayado y las texturas, dota a las páginas de una atmósfera atemporal y ligeramente opresiva, pero cargada de una belleza melancólica. El diseño de personajes huye del realismo fotográfico para abrazar una expresividad casi expresionista, donde los rostros y las anatomías parecen deformarse bajo el peso de sus propios pensamientos o del entorno surrealista que los rodea. La composición de la página es, en sí misma, parte del juego: Durán juega con la arquitectura de las viñetas para guiar el ritmo de lectura, alternando momentos de gran estatismo contemplativo con secuencias de una fluidez onírica.
Uno de los pilares fundamentales de la obra es su tratamiento del tiempo. En el universo de Orlando, el tiempo no es una flecha, sino un tejido. Los personajes a menudo se encuentran con versiones de sí mismos o con las consecuencias de actos que aún no han cometido. Esta circularidad refuerza la idea del "juego" como una entidad superior que trasciende la voluntad individual. La obra plantea preguntas profundas sobre el libre albedrío: ¿somos jugadores con capacidad de decisión o simples piezas movidas por una mano invisible?
El guion destaca por su carga poética y su profundidad intelectual. Los diálogos y los textos de apoyo están imbuidos de una lírica que recuerda a la literatura de Jorge Luis Borges o Italo Calvino, donde la erudición y la fantasía se dan la mano. Durán no subestima al lector; al contrario, le exige una participación activa, una atención constante a los detalles y una disposición a dejarse llevar por una lógica que no siempre es racional, sino emocional y simbólica.
En conclusión, Orlando y el juego es una experiencia inmersiva que desafía las etiquetas genéricas. Es una reflexión sobre el poder de las historias para dar forma al mundo y sobre la búsqueda incansable de sentido en un universo que a menudo parece regido por el azar. Es, sin duda, una lectura esencial para quienes buscan en el cómic una forma de arte capaz de abordar las grandes cuestiones de la condición humana con una voz propia, original y profundamente evocadora. Una obra que, una vez terminada, invita a ser rejugada —releída— para descubrir las múltiples capas de significado que se ocultan en sus sombras.