En el panorama del cómic europeo contemporáneo, pocas obras logran amalgamar con tanta precisión el rigor histórico, el terror gótico y el mito literario como "Van Helsing contra Jack el Destripador" (originalmente publicada como *Van Helsing contre Jack l'Éventreur*). Escrita por el guionista Jacques Lamontagne e ilustrada por el artista Siniša Radović, esta obra se aleja de los clichés del género de superhéroes o de la acción desenfrenada para sumergir al lector en una atmósfera densa, opresiva y meticulosamente documentada.
La premisa nos sitúa en el Londres de 1888, específicamente en el empobrecido distrito de Whitechapel. La ciudad está sumida en el terror debido a una serie de asesinatos brutales que desafían la lógica de Scotland Yard. En este escenario, la narrativa introduce a Abraham Van Helsing, el célebre doctor y metafísico creado por Bram Stoker. Sin embargo, este Van Helsing no es el cazador de vampiros de acción que el cine moderno ha popularizado; es un hombre de ciencia, un intelectual que camina por la delgada línea que separa la razón de la superstición, y que llega a la capital británica no por casualidad, sino siguiendo un rastro de oscuridad que parece trascender lo puramente humano.
El guion de Lamontagne destaca por su capacidad para tratar a Londres como un personaje más. El East End no es solo un decorado, sino un laberinto de callejones lodosos, niebla persistente y miseria social que sirve de caldo de cultivo para el horror. La historia se estructura como un duelo de voluntades y de intelectos. Por un lado, tenemos la metodología deductiva y el conocimiento de lo oculto de Van Helsing; por el otro, la figura esquiva y casi sobrenatural de Jack el Destripador, quien es retratado no solo como un asesino en serie, sino como una entidad que encarna la decadencia de una era.
Uno de los puntos más fuertes de este cómic es su enfoque en el realismo sucio. A diferencia de otros cruces de personajes famosos, aquí no hay una glorificación de la violencia. Los crímenes se presentan con una crudeza que respeta los hechos históricos, pero se integran orgánicamente en una trama de suspense donde el misterio principal no es solo la identidad del asesino, sino la naturaleza del mal que lo impulsa. Van Helsing se ve obligado a cuestionar sus propios métodos mientras intenta dar caza a un enemigo que parece estar siempre un paso por delante, oculto tras el velo de la indiferencia social y la incompetencia policial de la época.
Visualmente, el trabajo de Siniša Radović es magistral. Su estilo se caracteriza por un trazo detallado y una composición de página que favorece la inmersión. El uso de las sombras es fundamental; Radović domina el claroscuro para acentuar la sensación de claustrofobia de las calles londinenses. El diseño de personajes huye de lo caricaturesco: Van Helsing muestra en su rostro el peso de sus experiencias pasadas, y el Destripador es una presencia amenazante que se define más por lo que no se ve que por lo que se muestra. El color, a menudo en tonos apagados, ocres y grises, refuerza la estética de la época victoriana tardía, estallando solo en momentos clave para subrayar la brutalidad de los actos cometidos.
La obra evita caer