The Tick: Luny Bin es una miniserie de tres números publicada originalmente por New England Comics (NEC) entre 1998 y 1999. Escrita e ilustrada por Eli Stone, bajo la supervisión y el espíritu del creador original Ben Edlund, esta obra representa uno de los arcos más introspectivos, extraños y aclamados dentro de la mitología del "Gran Azabache Azul". A diferencia de las aventuras convencionales de lucha contra el crimen, esta historia traslada la acción de los tejados de La Ciudad a los pasillos estériles de una institución mental.
La premisa de la obra es tan directa como desconcertante: el Tick ha sido internado en el Instituto Evanston para los Muy, Muy Insanos (el "Luny Bin" que da título a la serie). El cómic comienza con el protagonista ya confinado, despojado de su contexto habitual de superhéroe y enfrentado a una realidad donde sus proclamas de justicia y su fuerza sobrehumana no son vistas como virtudes heroicas, sino como síntomas de un trastorno psicótico severo. La narrativa se centra en el conflicto entre la percepción del Tick —quien ve el mundo a través de un prisma de heroísmo absoluto y optimismo inquebrantable— y la visión clínica de los médicos, encabezados por figuras como el Dr. Sanity.
A lo largo de los tres ejemplares, Eli Stone explora la psique del protagonista con una mezcla magistral de humor absurdo y una melancolía subyacente que rara vez se ve en otras iteraciones del personaje. El guion plantea una pregunta fundamental para el género: ¿qué sucede cuando un superhéroe es sometido a la lógica del mundo real? En el Luny Bin, las hazañas del Tick son reinterpretadas como delirios de grandeza, y su invulnerabilidad física se convierte en un obstáculo para los tratamientos psiquiátricos convencionales. El lector es testigo de una deconstrucción satírica de los tropos del cómic, donde la "cura" propuesta por la institución implica la anulación de la identidad heroica del protagonista.
Visualmente, el trabajo de Stone se aleja ligeramente del estilo más caricaturesco de las primeras etapas de Edlund para adoptar una estética que refuerza la atmósfera opresiva del manicomio. El uso de las sombras, el diseño de los personajes secundarios (tanto médicos como otros internos) y la expresividad facial del Tick —que oscila entre la confusión infantil y la determinación heroica— crean una experiencia inmersiva. El arte logra transmitir la claustrofobia de las celdas acolchadas y la esterilidad de las salas de examen, contrastando fuertemente con los vibrantes recuerdos o imaginaciones del Tick sobre sus días de gloria.
A pesar del entorno restrictivo, la serie no pierde el ingenio verbal que caracteriza a la