*Splatter*, publicada principalmente por la editorial Northstar a finales de la década de 1980 y principios de los 90, no es simplemente una serie de cómics de terror; es la encarnación visual del movimiento literario conocido como «Splatterpunk». En un momento en que el mainstream de la industria estaba sujeto a las restricciones del Comics Code Authority o a una visión más suavizada del género, esta antología surgió como una respuesta visceral, transgresora y técnica que buscaba redefinir los límites de lo que se podía mostrar en una viñeta.
Como experto en el medio, es fundamental entender que *Splatter* no se limitaba al «gore» gratuito, aunque la violencia extrema era su carta de presentación. La obra funcionaba como una plataforma para que escritores y artistas exploraran el horror desde una perspectiva urbana, cruda y profundamente psicológica. La premisa de la antología era clara: llevar el horror más allá de las sombras y los monstruos clásicos, situándolo en la fragilidad de la carne humana y en la depravación de la mente moderna.
El cómic se estructuraba en historias cortas e independientes, lo que permitía una rotación constante de talentos. Entre sus páginas se encontraban adaptaciones y guiones originales de figuras clave del movimiento Splatterpunk, como David J. Schow (quien acuñó el término), John Shirley y Craig Spector. Estos autores trajeron consigo una sensibilidad literaria que elevaba el material; no se trataba solo de mutilaciones, sino de una crítica social mordaz, una exploración de la alienación urbana y una disección de los miedos contemporáneos.
Visualmente, *Splatter* es un festín de contrastes. La mayoría de sus números se publicaron en un blanco y negro de alto impacto, una decisión estética que, lejos de limitar la obra, potenciaba su crudeza. El uso de las sombras y el detalle anatómico casi quirúrgico permitía que los artistas se recrearan en la textura de la sangre, el metal y la descomposición. Nombres como Tim Vigil, cuya estética hiperdetallada y oscura se convirtió en sinónimo del horror extremo de la época, dejaron una huella imborrable en la publicación. El arte no buscaba la belleza convencional, sino una forma de «hiperrealismo grotesco» que obligaba al lector a no apartar la mirada.
La narrativa de la antología solía evitar los finales felices o las moralejas reconfortantes. En su lugar, las historias de *Splatter* se sumergían en el nihilismo. Los protagonistas a menudo se encontraban atrapados en situaciones donde la integridad física era lo primero en perderse, pero la cordura no tardaba en seguirle. Desde experimentos científicos que salían terriblemente mal hasta asesinos seriales con filosofías retorcidas, el cómic exploraba la idea de que el cuerpo humano es un lienzo para el dolor y la transformación.
Un aspecto distintivo de esta obra fue su capacidad para incomodar incluso a los lectores veteranos de terror. Mientras que otras publicaciones de la época, como las de la línea *Vertigo* de DC, apostaban por un horror más metafísico o gótico, *Splatter* se mantenía en la trinchera de lo físico. Era una respuesta directa a la censura, un grito de independencia creativa que demostraba que el cómic adulto podía ser verdaderamente adulto, sin concesiones comerciales.
En resumen, *Splatter* es una pieza histórica esencial para comprender la evolución del horror en el noveno arte. Fue el puente entre el horror clásico de las revistas de los años 70 y el horror extremo moderno. Su legado reside en haber demostrado que el horror visceral, cuando se ejecuta con maestría técnica y una base literaria sólida, puede trascender el simple impacto visual para convertirse en una forma de arte transgresora y necesaria. Es una antología que no solo buscaba asustar, sino sacudir los cimientos de la percepción del lector, recordándole que, bajo la superficie de la civilización, la carne es débil y el horror es absoluto.