El Peregrino: La odisea metafísica de Robin Wood y Enrique Alcatena
Dentro del vasto canon de la historieta argentina y mundial, pocas obras logran alcanzar la densidad simbólica y la belleza estética de *El Peregrino*. Publicada originalmente en la mítica revista *Skorpio* de Ediciones Record durante la década de los 90, esta obra representa la culminación de la colaboración entre dos titanes del medio: el guionista paraguayo Robin Wood y el dibujante argentino Enrique Alcatena. El cómic no es solo una narración de aventuras, sino un tratado visual y filosófico sobre la condición humana, el tiempo y la búsqueda de la trascendencia.
La premisa de *El Peregrino* se aleja de las estructuras convencionales del género fantástico. La historia sigue a un hombre sin nombre, conocido simplemente como el Peregrino, quien recorre un mundo que parece suspendido entre el sueño y la pesadilla, entre la mitología antigua y un futuro olvidado. No es un guerrero en busca de conquistas, ni un héroe con una misión de salvación global; es un observador, un caminante eterno que atraviesa paisajes imposibles en busca de una verdad que se le escapa, o quizás, en busca del final de un camino que parece no tener término.
El guion de Robin Wood en esta obra se despoja de la verborragia de sus trabajos más históricos para abrazar una prosa poética y contemplativa. Cada capítulo funciona como una parábola autoconclusiva, aunque todas están unidas por el hilo conductor de la errancia del protagonista. El Peregrino se encuentra con dioses caídos, civilizaciones que han perdido el sentido de su propia existencia, monstruos que poseen una sabiduría melancólica y paisajes que desafían las leyes de la física. Wood utiliza estos encuentros para reflexionar sobre la soledad, el peso de la memoria y la futilidad del poder, construyendo un relato que exige una lectura pausada y reflexiva.
Sin embargo, es imposible hablar de *El Peregrino* sin centrarse en el despliegue visual de Enrique Alcatena. El artista argentino, conocido por su estilo barroco y su obsesión por el detalle, encuentra en este guion el lienzo perfecto para su imaginación desbordante. El dibujo de Alcatena en esta obra es un ejercicio de *horror vacui* donde cada viñeta está cargada de texturas, tramas manuales y una arquitectura orgánica que evoca tanto el grabado clásico como el surrealismo más vanguardista. Su capacidad para diseñar criaturas y entornos es inigualable: desde desiertos de estatuas vivientes hasta ciudades flotantes construidas sobre los restos de deidades olvidadas. El uso del blanco y negro es magistral, creando contrastes que acentúan la atmósfera onírica y atemporal del relato.
El mundo de *El Peregrino* no tiene mapas claros. Es un crisol donde convergen influencias de la mitología sumeria, celta, hindú y oriental, pero pasadas por el tamiz de una sensibilidad única. El protagonista avanza por este escenario con una mezcla de resignación y curiosidad intelectual. A diferencia de otros personajes de Wood, como *Nippur de Lagash* o *Dago*, el Peregrino no busca justicia ni venganza; su conflicto es existencial. La tensión narrativa no surge de enfrentamientos físicos —aunque los hay—, sino del choque entre la voluntad del individuo y la inmensidad de un universo que le es indiferente.
La estructura episódica permite que la obra explore diferentes facetas de la filosofía hermética y la metafísica. En un capítulo, el Peregrino puede estar discutiendo la naturaleza del tiempo con un ser que vive hacia atrás; en otro, puede ser testigo del nacimiento y muerte de una estrella en forma de poema visual. Esta falta de una meta lineal convencional es lo que otorga a la obra su carácter de culto. No se lee para saber "cómo termina", sino para experimentar el viaje junto al protagonista.
En conclusión, *El Peregrino* es una pieza fundamental de la historieta de autor. Es un cómic que desafía las etiquetas y que se sitúa en la intersección entre la literatura fantástica y el arte plástico. La sinergia entre Wood y Alcatena alcanza aquí un nivel de madurez donde el texto y la imagen no se complementan, sino que se funden en una sola entidad narrativa