Serpio

Serpio, la obra gestada por la dupla creativa compuesta por el guionista Luciano Saracino y el dibujante Francisco Paronzini, se erige como uno de los exponentes más crudos y depurados del género negro en la historieta argentina contemporánea. Publicada originalmente por entregas y posteriormente recopilada, esta obra no busca reinventar la pólvora del *noir*, sino que se concentra en perfeccionar sus mecanismos fundamentales: la violencia, la soledad, la corrupción y la inevitable caída de aquellos que viven al margen de la ley.

La trama se centra en la figura de su protagonista homónimo, Serpio, un hombre cuya profesión se define por la eficiencia en el ejercicio de la violencia. No es un detective, ni un justiciero, ni un criminal con delirios de grandeza; es, en esencia, un ejecutor, un "solucionador de problemas" que opera en los estratos más oscuros de una urbe que parece devorar a sus habitantes. La narrativa nos presenta a un personaje de pocas palabras, cuya psicología no se revela a través de extensos soliloquios, sino mediante sus acciones y su interacción con un entorno hostil. Serpio es un profesional del submundo, un hombre que conoce las reglas de un juego donde la lealtad es una moneda devaluada y la supervivencia depende de la capacidad de anticiparse al siguiente golpe.

El escenario de la obra es una ciudad sin nombre definido, pero que respira la atmósfera de las grandes metrópolis latinoamericanas teñidas por la estética del cine negro clásico. Saracino construye un guion seco, directo y despojado de adornos innecesarios. La economía en los diálogos refuerza la sensación de aislamiento del protagonista. Cada palabra tiene un peso específico y cada silencio contribuye a la tensión latente que impregna cada página. La historia no se pierde en subtramas complejas, sino que avanza con la precisión de un mecanismo de relojería, centrada en la misión del momento y en las consecuencias éticas y físicas que esta conlleva para el protagonista.

El apartado visual de Francisco Paronzini es, sin lugar a dudas, el pilar que termina de definir la identidad de Serpio. El uso del blanco y negro no es una elección estética azarosa, sino una necesidad narrativa. Paronzini maneja el claroscuro con una maestría que remite a los grandes maestros del género, como Alberto Breccia o Frank Miller, pero con una identidad propia y moderna. Las sombras no solo ocultan rostros o escenarios, sino que actúan como una entidad viva que envuelve a los personajes. El dibujo es sucio cuando la escena lo requiere y quirúrgico en los momentos de acción. La composición de las viñetas y el ritmo narrativo visual logran que el lector sienta el peso de la atmósfera opresiva, el frío de las calles nocturnas y el impacto de cada enfrentamiento.

Temáticamente, el cómic explora la deshumanización y el determinismo. Serpio parece atrapado en un ciclo de violencia del que no puede —o quizás no quiere— escapar. La obra plantea una reflexión sobre la moralidad en un mundo donde la distinción entre el bien y el mal se ha difuminado hasta desaparecer. Aquí no hay redención fácil ni finales heroicos; hay consecuencias. La relación de Serpio con el poder, con sus empleadores y con sus víctimas, dibuja un mapa de la corrupción estructural que rige la sociedad en la que se mueve.

En conclusión, Serpio es una pieza fundamental para entender la evolución del policial negro en el noveno arte. Es una obra que confía plenamente en el lenguaje del cómic, permitiendo que la imagen y el ritmo cuenten lo que las palabras callan. Para el lector, enfrentarse a estas páginas es sumergirse en un relato visceral, una experiencia estética y narrativa que reivindica la vigencia de los antihéroes taciturnos y las historias de callejones sin salida. Es, en definitiva, un ejercicio de estilo impecable donde la forma y el fondo se fusionan para entregar una de las visiones más potentes y sombrías del género en los últimos años.

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