*Loco Sexton* representa uno de los hitos más sofisticados del género western dentro de la historieta argentina y mundial. Publicada originalmente en la década de 1970 en las páginas de la mítica revista *Skorpio* de Ediciones Récord, la obra surge de la colaboración entre dos gigantes del noveno arte: el guionista Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Arturo del Castillo. Esta dupla logró redefinir los tropos del salvaje oeste, alejándose de la acción baladí para centrarse en la profundidad psicológica y el testimonio humano.
La premisa de la obra se aleja del protagonista pistolero convencional. El personaje central, Sexton, es un periodista que trabaja para el diario *The 20th Century*. Su apodo, "Loco", no proviene de una falta de juicio clínica, sino de su temeraria e incomprensible obsesión por buscar la verdad en un territorio donde la vida vale poco y la ley se escribe con sangre. Sexton no recorre la frontera estadounidense buscando duelos al sol o tesoros ocultos; recorre el territorio buscando historias. Su arma no es un Colt .45, sino su libreta de notas y una capacidad de observación casi clínica que le permite desentrañar la condición humana en situaciones límite.
Estructuralmente, *Loco Sexton* se compone de relatos autoconclusivos que funcionan como crónicas periodísticas. A través de los ojos de Sexton, el lector accede a un mosaico de personajes que habitan los márgenes de la civilización: buscadores de oro fracasados, forajidos cansados de huir, mujeres que resisten la dureza del desierto y soldados atormentados por el deber. Oesterheld utiliza la figura del periodista como un narrador testigo que, aunque a veces se ve involucrado en los hechos, mantiene una distancia reflexiva que permite al lector cuestionar la épica del oeste.
El guion de Oesterheld se caracteriza por un humanismo profundo. No hay héroes inmaculados ni villanos de una sola pieza. El autor de *El Eternauta* traslada su sensibilidad social y política al entorno del western, explorando temas como la soledad, la traición, la redención y, sobre todo, la fragilidad de la justicia. La narrativa es densa, apoyada en textos de apoyo que emulan la prosa periodística de la época, cargada de una melancolía que sugiere que el mundo salvaje está llegando a su fin para dar paso a una modernidad no necesariamente más justa.
En el apartado visual, Arturo del Castillo realiza un trabajo que roza la perfección técnica. Su estilo, caracterizado por un uso magistral del trazo fino y el rayado (cross-hatching), otorga a la obra una textura que recuerda a los grabados antiguos. Del Castillo no solo dibuja personajes; construye atmósferas. El polvo del camino, el frío de las noches en la pradera y la suciedad de los salones se sienten tangibles a través de su plumilla. Su capacidad para retratar rostros curtidos por el sol y el sufrimiento es fundamental para sostener el peso dramático de los guiones de Oesterheld. El contraste entre el blanco y negro es utilizado para enfatizar la desolación de los paisajes y la introspección de los protagonistas.
*Loco Sexton* no es solo un cómic de vaqueros; es una reflexión sobre el acto de narrar. Al situar a un periodista en el centro de la acción, la obra cuestiona cómo se construyen los mitos y qué parte de la realidad se pierde cuando una anécdota se convierte en leyenda. Es una pieza fundamental para entender la evolución de la historieta adulta, donde el género sirve como vehículo para una exploración filosófica sobre la ética y la supervivencia. La obra permanece como un testimonio del talento de dos autores en la plenitud de sus facultades creativas, ofreciendo una visión del oeste que es, al mismo tiempo, descarnada, poética y profundamente real.