El Delator

Publicada originalmente de forma serializada en la mítica revista *El Víbora* entre 1987 y 1988, y posteriormente recopilada como novela gráfica, *El Delator* representa un punto de inflexión fundamental en la trayectoria de Francesc Capdevila, más conocido como Max. Esta obra marca el distanciamiento del autor de la estética puramente "underground" y lúdica de sus inicios para adentrarse en un terreno mucho más sombrío, reflexivo y formalmente riguroso.

La trama de *El Delator* se sitúa en una ciudad anónima, un entorno urbano asfixiante que evoca las atmósferas de las dictaduras europeas del siglo XX o las distopías burocráticas de Franz Kafka. El protagonista es un hombre común, un ciudadano gris atrapado en los engranajes de un Estado totalitario y omnipresente. La premisa central gira en torno a la figura de la delación como herramienta de control social y supervivencia individual. El protagonista, movido por el miedo, la presión del sistema o una inercia moral devastadora, se convierte en un informador de la policía política, denunciando a aquellos que le rodean.

Narrativamente, el cómic no se centra en la acción externa o en grandes giros de guion, sino en la disección psicológica del personaje principal. Max explora con precisión quirúrgica el proceso de desintegración moral de un individuo que, al intentar salvarse a sí mismo, termina por anular su propia identidad. La obra profundiza en la paranoia constante, la desconfianza hacia el prójimo y el aislamiento absoluto que genera un régimen basado en la vigilancia mutua. No hay héroes en esta historia; solo víctimas y verdugos que, a menudo, son la misma persona en diferentes etapas de su caída.

El apartado visual es, sin duda, el elemento más potente de *El Delator*. Max abandona el abigarramiento de sus obras anteriores para abrazar un estilo deudor del expresionismo alemán y del cine negro clásico. El uso del blanco y negro es radical: el autor emplea grandes manchas de tinta, sombras densas y contrastes violentos que refuerzan la sensación de claustrofobia. La arquitectura de la ciudad, con sus calles desiertas, edificios imponentes y callejones angostos, se convierte en un personaje más que oprime a las figuras humanas, a menudo representadas con rasgos angulosos y expresiones de cansancio existencial.

El ritmo de la narración es pausado, permitiendo que el lector absorba la pesadez del ambiente. Max utiliza con maestría el silencio y las composiciones de página para transmitir la soledad del delator. Cada viñeta parece cargada de una tensión invisible, donde lo que no se dice y lo que queda oculto en las sombras es tan importante como el diálogo. La influencia de autores como José Muñoz o incluso la sobriedad de la línea clara europea se filtran a través de un tamiz mucho más oscuro y pesimista.

Temáticamente, *El Delator* es una reflexión sobre la responsabilidad individual frente a la maquinaria del poder. Max plantea preguntas incómodas sobre la ética en condiciones extremas: ¿hasta qué punto es responsable el individuo de los crímenes de un sistema que le obliga a participar? La obra evita el juicio moral simplista para mostrar la mediocridad del mal y cómo la traición puede convertirse en una rutina administrativa.

En el contexto del cómic español de finales de los 80, esta obra supuso una maduración del medio. Demostró que el lenguaje de la historieta era capaz de abordar temas políticos y filosóficos de gran calado sin perder su fuerza visual. *El Delator* no es solo una historia sobre la represión política, sino un estudio sobre la sombra que habita en el ser humano cuando se ve despojado de su libertad y su dignidad. Es una pieza clave para entender la evolución de Max hacia la depuración estilística que caracterizaría sus trabajos posteriores, consolidándose como una de las novelas gráficas más sólidas y perturbadoras de su época.

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