Capellan

En el panorama de la narrativa gráfica latinoamericana contemporánea, "Capellán", la obra creada por el autor chileno Gabriel Aiquel, se erige como una pieza fundamental del género de fantasía oscura y el *dieselpunk* teológico. La historia nos transporta a una versión distópica y anacrónica de Chile, específicamente a una urbe que evoca la decadencia de un Santiago o un Valparaíso gótico, donde la sociedad ha colapsado bajo el peso de sus propios pecados y una presencia sobrenatural opresiva.

La trama se sitúa en un mundo donde la Iglesia Católica no es solo una institución espiritual, sino el eje central del poder político, militar y social. En este contexto, los "Capellanes" no son simples guías de almas; son una casta de guerreros de élite, inquisidores modernos encargados de patrullar las fronteras entre lo sagrado y lo profano. El protagonista, que da nombre al cómic, es un hombre de fe inquebrantable pero de métodos brutales, cuya misión principal es la erradicación de las "Sombras": entidades demoníacas o manifestaciones de la corrupción humana que acechan en los callejones y en las estructuras de poder de la ciudad.

El universo de *Capellán* se define por una atmósfera de asfixia moral. La ciudad está sumida en una noche perpetua, iluminada apenas por luces de neón mortecinas y la iconografía religiosa que adorna cada rincón. La tecnología parece haberse detenido en una era de vapor y engranajes, mezclada con artefactos litúrgicos diseñados para el combate. Este entorno sirve como el escenario perfecto para explorar temas profundos como la corrupción institucional, el peso del dogma y la delgada línea que separa la justicia de la venganza.

Narrativamente, la obra se aleja de los tropos heroicos convencionales. El Capellán es un antihéroe lacónico, un ejecutor que carga con el peso de un deber que parece no tener fin. A través de sus ojos, el lector descubre una sociedad estratificada donde la fe se utiliza como herramienta de control, y donde los verdaderos monstruos no siempre son los que emergen de las sombras, sino aquellos que visten los hábitos más limpios. La estructura de la historia suele ser episódica pero interconectada, construyendo un rompecabezas de conspiraciones que involucran a las altas esferas del clero y fuerzas arcanas que buscan reclamar el mundo de los vivos.

El apartado visual es, sin duda, el pilar que sostiene la identidad de este cómic. Gabriel Aiquel utiliza un estilo de dibujo caracterizado por un uso magistral del blanco y negro, con un entintado denso y expresionista que recuerda a maestros como Alberto Breccia o Frank Miller en su etapa de *Sin City*. El claroscuro no es solo una elección estética, sino una herramienta narrativa: las sombras consumen las viñetas, obligando al lector a esforzarse por distinguir las formas, lo que refuerza la sensación de incertidumbre y peligro constante. El diseño de personajes, especialmente el del protagonista con su indumentaria que mezcla el hábito sacerdotal con elementos de armadura táctica, se ha vuelto icónico en la escena del cómic independiente.

*Capellán* no es solo un cómic de acción sobrenatural; es una reflexión descarnada sobre la condición humana en tiempos de crisis. La obra evita las florituras innecesarias para centrarse en la crudeza de su mundo. No hay concesiones para el lector; la violencia es seca y las victorias suelen ser pírricas. La importancia de este título radica en su capacidad para adaptar la mitología judeocristiana a una estética puramente sudamericana, creando un folclore propio que se siente tan antiguo como innovador.

En resumen, *Capellán* es una experiencia inmersiva en un mundo de ceniza y plegarias. Es una obra indispensable para quienes buscan una narrativa gráfica que desafíe los límites del género, ofreciendo una visión única sobre el sacrificio, la redención y la lucha eterna contra una oscuridad que, muchas veces, nace del propio corazón del hombre. Sin necesidad de recurrir a giros argumentales efectistas, Aiquel logra mantener la tensión a través de una construcción de mundo sólida y una estética visual que se queda grabada en la retina mucho después de cerrar el ejemplar.

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