El Cobra

El Cobra: La cumbre del western crepuscular en la historieta argentina

Dentro del vasto ecosistema de la historieta argentina de las décadas de 1970 y 1980, pocas obras alcanzan la estatura mítica y la sofisticación visual de *El Cobra*. Creada por el guionista Ray Collins (seudónimo de Eugenio Mandrini) y el extraordinario dibujante Arturo del Castillo, esta obra no es solo un exponente del género western, sino una pieza fundamental de la narrativa gráfica que redefine los tropos del "pistolero solitario" bajo una lente existencialista y estéticamente barroca.

La serie, publicada originalmente en las páginas de la mítica revista *Skorpio* de Ediciones Récord, nos presenta a un protagonista que encarna el arquetipo del antihéroe. El Cobra es un hombre de pocas palabras, un errante cuya identidad está marcada por un tatuaje de una serpiente en su mano, símbolo de su letalidad y de su estatus como paria. A diferencia de los héroes del western clásico de Hollywood, El Cobra no se mueve por un sentido del deber patriótico o una moral inquebrantable; su motor es la supervivencia en un territorio donde la civilización es una promesa lejana y la violencia es el único lenguaje universal.

Desde el punto de vista narrativo, Ray Collins dota a la obra de una profundidad literaria inusual. Sus guiones huyen de la exposición innecesaria, confiando en diálogos cortantes y reflexiones internas que rozan lo poético. El Cobra habita un mundo cínico, poblado por forajidos, buscavidas y comunidades desesperadas. Las historias suelen estructurarse de forma autoconclusiva, pero mantienen una cohesión temática centrada en la fatalidad, la redención imposible y la ironía del destino. Collins logra que el lector sienta el peso del pasado del protagonista, un pasado que nunca se explica del todo, manteniendo ese aura de misterio que lo emparenta con el "Hombre sin nombre" de Sergio Leone, pero con una melancolía puramente rioplatense.

Sin embargo, es imposible hablar de *El Cobra* sin rendirse ante el genio visual de Arturo del Castillo. El artista chileno, radicado en Argentina, despliega aquí una técnica de dibujo que es, sencillamente, insuperable. Su estilo se caracteriza por un uso obsesivo del plumín, creando texturas mediante un entramado de líneas finísimas que otorgan a las viñetas una tridimensionalidad y un realismo sobrecogedores. Del Castillo no dibuja simplemente el Oeste; lo esculpe en la página. El polvo de los caminos, el cuero gastado de las monturas, la madera astillada de los salones y, sobre todo, los rostros surcados por arrugas y cicatrices, adquieren una cualidad táctil.

El manejo de la luz y las sombras en *El Cobra* es magistral. Del Castillo utiliza el blanco del papel no como un vacío, sino como un elemento narrativo que representa el sol abrasador del desierto o la frialdad de una noche bajo las estrellas. Sus composiciones son dinámicas pero equilibradas, logrando que las escenas de acción tengan una coreografía clara y violenta, mientras que los momentos de silencio cargan con una tensión psicológica palpable. Es un dibujo "sucio" en su temática pero de una pulcritud técnica absoluta, lo que convierte a cada página en una obra de arte independiente.

La importancia de *El Cobra* radica también en su capacidad para trascender fronteras. Si bien es un producto de la "escuela argentina", su calidad le permitió conquistar mercados europeos, especialmente el italiano, donde la revista *Skorpio* (en su versión local) lo encumbró como un clásico. La obra dialoga perfectamente con el *spaghetti western* y el western revisionista de directores como Sam Peckinpah, compartiendo esa visión desencantada de la frontera americana.

En resumen, *El Cobra* es una obra imprescindible para cualquier estudioso o amante del noveno arte. Es el resultado de la alquimia perfecta entre un guionista que entiende el silencio y la psicología del antihéroe, y un dibujante que posee una de las manos más dotadas en la historia del medio. Leer *El Cobra* es sumergirse en un mundo de sombras, pólvora y dilemas morales, donde la única certeza es que, al final del día, el hombre de la mano tatuada seguirá cabalgando hacia el horizonte, cargando con el peso de su propia leyenda.

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