Los salvajes niños de la memoria, obra del autor Ismael Álvarez publicada por la editorial Astiberri, se presenta como una de las incursiones más profundas y arriesgadas en la psique humana dentro del panorama del cómic contemporáneo. No estamos ante una narración lineal convencional, sino ante un artefacto narrativo que utiliza el lenguaje secuencial para explorar los estratos de la identidad, el trauma y la reconstrucción subjetiva del pasado.
La premisa nos sitúa frente a un protagonista que, tras años de distancia, se ve empujado a regresar al escenario de su infancia. Este retorno no se plantea como un ejercicio de nostalgia complaciente, sino como una colisión inevitable con los fantasmas de lo que fue. El título de la obra no es accidental: los "niños" que habitan estas páginas son representaciones salvajes, versiones primigenias y a menudo violentas de uno mismo y de quienes le rodearon. Son proyecciones de una memoria que se niega a ser domesticada y que sobrevive en los márgenes de la conciencia adulta.
Desde el punto de vista temático, el cómic disecciona la idea de que la memoria no es un archivo estático de hechos, sino un organismo vivo que muta, miente y se protege. El protagonista se ve obligado a interactuar con estas versiones infantiles de sí mismo y de sus compañeros, seres que actúan bajo una lógica propia, ajena a las convenciones sociales del mundo adulto. Esta interacción sirve para ilustrar cómo las experiencias de la niñez —especialmente aquellas marcadas por la incomprensión o el aislamiento— moldean la estructura ósea de nuestra personalidad actual.
El apartado visual de Ismael Álvarez es, sin duda, el motor que dota de coherencia a esta exploración psicológica. Su dibujo huye del realismo fotográfico para abrazar una expresividad visceral. El trazo es nervioso, a veces abigarrado y otras veces minimalista, adaptándose al estado emocional de la escena. El uso del blanco y negro (o de una paleta extremadamente limitada y contrastada) refuerza la sensación de estar ante un sueño o un recuerdo distorsionado. La composición de página rompe a menudo la cuadrícula tradicional para reflejar la fragmentación mental del protagonista, permitiendo que los elementos del pasado invadan físicamente el espacio del presente.
Uno de los mayores logros de la obra es su capacidad para representar lo intangible. Álvarez logra dar forma física a conceptos como el olvido, la culpa y el deseo de pertenencia. Los "niños salvajes" funcionan como una metáfora de los impulsos que la madurez intenta sepultar, pero que emergen en momentos de crisis. La narrativa nos sumerge en un entorno que se siente familiar y extraño a la vez: una casa, un barrio o un patio de recreo que, bajo el filtro de la memoria, se transforman en laberintos simbólicos.
Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia de lectura, es importante destacar que el cómic no ofrece respuestas fáciles ni una resolución catártica convencional. En su lugar, invita al lector a un proceso de introspección. La obra plantea preguntas incómodas sobre cuánto de lo que recordamos es real y cuánto es una construcción necesaria para sobrevivir al día a día. Es un estudio sobre la cicatrización y sobre cómo, a veces, para avanzar, es necesario enfrentarse a esos niños salvajes que todavía corren por los pasillos de nuestra mente.
En resumen, Los salvajes niños de la memoria es una pieza de orfebrería narrativa que exige una lectura atenta y activa. Se aleja de los tropos habituales del género autobiográfico para construir una mitología propia sobre el crecimiento y la pérdida. Es un cómic que entiende que la infancia no es un paraíso perdido, sino un territorio salvaje que nunca terminamos de abandonar del todo, y que Ismael Álvarez captura con una honestidad visual y narrativa sobrecogedora. Una obra imprescindible para entender las posibilidades del cómic como herramienta de exploración existencial.