Crazy Bar

Crazy Bar es una de las propuestas más frescas y dinámicas dentro del panorama del cómic español de la última década, fruto de la colaboración entre el guionista Santi Selvi y la dibujante Lolita Aldea. Publicada originalmente por la editorial Dibbuks, esta obra se sitúa en la intersección perfecta entre el costumbrismo urbano, la comedia de situación y una estética visual deudora del manga, pero con una identidad puramente europea.

La narrativa nos presenta a Sara, una joven estudiante que, como tantos otros jóvenes, se ve en la necesidad de compaginar sus estudios universitarios con un empleo a tiempo parcial para poder sufragar sus gastos. Su búsqueda de empleo la conduce hasta las puertas del "Crazy Bar", un establecimiento que hace honor a su nombre desde el primer segundo en que se cruza el umbral. Lo que comienza como una simple necesidad económica para la protagonista se convierte rápidamente en un rito de iniciación en el caótico mundo de la hostelería y en una inmersión profunda en una fauna humana tan variopinta como impredecible.

El eje central de la obra es el propio bar, que funciona no solo como escenario, sino como un organismo vivo que dicta el ritmo de la narración. A través de los ojos de Sara, el lector descubre los entresijos de un negocio donde el orden brilla por su ausencia. La trama se estructura de forma episódica, permitiendo que el humor fluya a través de las interacciones diarias, los malentendidos con los clientes y las situaciones absurdas que surgen de la convivencia forzada entre los empleados.

Uno de los puntos fuertes de Crazy Bar es su elenco de personajes secundarios. El equipo del bar está compuesto por individuos con personalidades extremas y bien definidas que contrastan con la relativa normalidad de Sara. Desde el dueño del local, cuyas decisiones a menudo rozan lo irracional, hasta los compañeros de barra y cocina, cada uno aporta un matiz diferente a la comedia. El guion de Santi Selvi evita caer en el chiste fácil, apostando en su lugar por un humor basado en el ritmo, los diálogos ágiles y la exageración de las situaciones cotidianas que cualquier persona que haya trabajado de cara al público reconocerá de inmediato.

Visualmente, el cómic es un despliegue de energía gracias al talento de Lolita Aldea. Su estilo, caracterizado por una línea limpia y una expresividad facial desbordante, es fundamental para el éxito de la obra. Aldea utiliza recursos narrativos propios del cómic japonés —como las deformaciones cómicas (SD) o las líneas de acción— para enfatizar el dinamismo de las escenas de mayor estrés en el bar. El diseño de personajes es icónico y permite identificar la psicología de cada figura con un solo vistazo, mientras que la composición de las páginas mantiene una lectura fluida que nunca decae.

A pesar de su tono predominantemente cómico, Crazy Bar también ofrece una mirada sutil y sin pretensiones sobre la precariedad juvenil, la importancia de la amistad en entornos laborales hostiles y la capacidad de adaptación del ser humano. No busca ser un tratado sociológico, pero logra que el lector empatice con Sara en sus momentos de agotamiento y celebre con ella las pequeñas victorias diarias.

En definitiva, esta obra se aleja de las florituras innecesarias para centrarse en lo que mejor sabe hacer: entretener con inteligencia. Es un cómic que destaca por su honestidad y por la excelente química entre guion y dibujo. Crazy Bar no solo es la crónica de un trabajo de verano o de una etapa estudiantil; es un retrato vibrante de ese microcosmos que se genera entre cuatro paredes, una barra de bar y una cafetera que nunca deja de funcionar. Para el lector, entrar en este cómic es aceptar una invitación a un lugar donde lo inesperado es la norma y donde, a pesar del caos, siempre hay espacio para una buena historia.

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