El Muerto: The Aztec Zombie, creado por el guionista y dibujante Javier Hernández en 1998, representa uno de los hitos más significativos dentro del cómic independiente de temática chicana y latina en los Estados Unidos. Publicado originalmente bajo el sello Los Comix de El Gato, esta obra se aleja de los tropos convencionales del género de superhéroes para sumergirse en una narrativa que fusiona el misticismo prehispánico, el folclore mexicano y el entorno urbano contemporáneo de California.
La historia se centra en Diego de la Muerte, un joven residente de Whittier, California, cuya vida ordinaria da un vuelco trágico y sobrenatural durante las festividades del Día de los Muertos. Mientras se dirige a una fiesta de disfraces, Diego es secuestrado por un culto ancestral que busca revivir antiguas tradiciones de sacrificio. En un giro fatídico, el joven es sacrificado en un altar en honor a las deidades mexicas, lo que marca el fin de su existencia mortal pero el inicio de su odisea como un ser de ultratumba.
A diferencia de los relatos tradicionales de zombis donde el protagonista pierde su humanidad y voluntad, Diego despierta en el Mictlán —el inframundo azteca— frente a Mictlantecuhtli, el Señor de la Tierra de los Muertos. La deidad no reclama su alma para el descanso eterno, sino que lo devuelve al mundo de los vivos con una misión específica y un estatus existencial único. Diego regresa a la superficie un año después de su muerte, poseyendo una apariencia cadavérica que recuerda a las icónicas calaveras de azúcar, pero conservando su conciencia, sus recuerdos y una brújula moral intacta.
El núcleo narrativo del cómic explora la dualidad de Diego. Por un lado, es un hombre que intenta reconectar con su pasado y con los seres queridos que dejó atrás, quienes lo creen muerto. Por otro, es un agente del inframundo dotado de habilidades regenerativas y una fuerza sobrehumana, destinado a enfrentar amenazas que oscilan entre lo criminal y lo puramente espectral. La obra utiliza esta premisa para profundizar en temas de identidad cultural, el peso del destino y la delgada línea que separa la vida de la muerte en la cosmogonía mesoamericana.
Visualmente, Javier Hernández emplea un estilo que rinde homenaje tanto al cómic "noir" como a la iconografía tradicional mexicana. El diseño de El Muerto, con su rostro pintado o transformado permanentemente en una máscara ósea y su vestimenta urbana, se ha convertido en un símbolo visual potente. La narrativa gráfica se apoya en un uso estratégico de las sombras y una atmósfera densa que refuerza el tono de "supernatural noir" que define a la serie.
A lo largo de sus diversas entregas, el cómic evita caer en el maniqueísmo. Los antagonistas no son simplemente villanos de cartón, sino que a menudo están vinculados a las mismas fuerzas ancestrales que trajeron a Diego de vuelta, creando un ecosistema donde la mitología azteca se siente viva y peligrosa en las calles modernas de Los Ángeles. La obra no solo funciona como un relato de acción y fantasía, sino también como un vehículo de preservación y reinterpretación cultural, llevando conceptos como el sacrificio, el honor y la dualidad nahua a un formato accesible y dinámico.
En resumen, *El Muerto* es una pieza fundamental para entender la evolución del cómic independiente fuera del "mainstream" estadounidense. Es una propuesta que logra equilibrar el respeto por las raíces históricas con una sensibilidad narrativa moderna, ofreciendo una visión del héroe trágico que es, a la vez, un puente entre dos mundos y dos épocas. Su relevancia radica en haber dado voz a una mitología rica y compleja dentro de un medio que, hasta su aparición, rara vez había explorado estas temáticas con tal profundidad y autenticidad.