*Klezmer*, la monumental obra de Joann Sfar, no es solo una serie de novelas gráficas; es un fresco vibrante, caótico y profundamente humano sobre la identidad, la supervivencia y el poder místico de la música en la Europa del Este de principios del siglo XX. Publicada originalmente a partir de 2005, esta obra se aleja de los convencionalismos biográficos para sumergirse en una ficción impregnada de folklore, picaresca y una melancolía vitalista que define el espíritu judío de la época.
La narrativa se sitúa en un escenario geográfico difuso pero emocionalmente concreto: el *shtetl* y las rutas polvorientas de la Zona de Asentamiento. La historia arranca con el encuentro fortuito de un grupo de músicos errantes, los *klezmorim*, que se ven obligados a unir sus talentos no solo por amor al arte, sino por la más pura necesidad de subsistencia. Sfar nos presenta a personajes desclasados, supervivientes de masacres o desertores de una vida rígida, que encuentran en el clarinete, el violín y el canto una forma de libertad que la sociedad les niega.
Entre los protagonistas destaca el Barón de Myrelingue, un personaje que encarna la figura del embaucador carismático, un narrador de historias que camina sobre la fina línea entre la realidad y la invención. Junto a él, encontramos a Yaakov, un joven estudiante de talmud que abandona la seguridad de la religión por la incertidumbre de la música; a Vincenzo, un guitarrista con un pasado turbio; y a Hava, una joven que aporta la voz femenina en un mundo predominantemente masculino y rudo. La dinámica entre ellos no es la de una banda armoniosa, sino la de una familia disfuncional unida por el hambre, el frío y la búsqueda de una nota perfecta que justifique su existencia.
Desde el punto de vista técnico y artístico, *Klezmer* es una exhibición del estilo más puro de Joann Sfar. El autor renuncia a la limpieza del dibujo académico en favor de un trazo nervioso, expresivo y aparentemente descuidado que dota a las páginas de una energía cinética inigualable. Sfar no dibuja la música, sino que intenta que el lector la escuche a través de la deformación de los cuerpos, la gestualidad exagerada de los intérpretes y una composición de página que rompe con la rigidez de la cuadrícula tradicional. El uso de la acuarela es fundamental: los colores no solo rellenan formas, sino que establecen el tono emocional de cada escena, pasando de los ocres y grises de la miseria cotidiana a los estallidos cromáticos cuando la música toma el control.
El guion de Sfar evita caer en el sentimentalismo fácil o en la tragedia gratuita. Aunque el contexto histórico está marcado por el antisemitismo y la precariedad, el autor prefiere centrarse en la vitalidad de sus personajes. Hay un humor mordaz, muy propio de la tradición ídish, que impregna los diálogos y las situaciones. La obra explora temas profundos como la fe, la pertenencia y la transgresión, pero siempre desde una perspectiva terrenal. Los músicos de Sfar no son santos; son hombres y mujeres que mienten, pelean y desean, pero que poseen el don de transformar el sufrimiento en una celebración sonora.
*Klezmer* funciona también como un acto de recuperación cultural. Sfar, de ascendencia judía tanto asquenazí como sefardí, utiliza el cómic para reconstruir un mundo que fue aniquilado décadas después por el Holocausto. Sin embargo, decide no mirar hacia el final trágico, sino hacia la vida efervescente que existía antes. Es un homenaje a los músicos anónimos que recorrían bodas y tabernas, mezclando influencias gitanas, rusas y judías para crear un sonido híbrido y universal.
En conclusión, *Klezmer* es una obra imprescindible de la *nouvelle bande dessinée*. Es un cómic que se siente vivo, que respira y que, por encima de todo, suena. Joann Sfar logra capturar la esencia de una tradición musical y convertirla en una odisea gráfica donde la aventura y la filosofía caminan de la mano por los caminos de una Europa que ya no existe, pero que sigue resonando en cada viñeta. Es una lectura obligatoria para quienes buscan en el noveno arte una experiencia que trascienda lo visual para tocar lo espiritual.