Milonga – Héctor Bugatti – Sergio Ibáñez

*Milonga*, la obra gestada por la dupla creativa compuesta por Héctor Bugatti en el guion y Sergio Ibáñez en el apartado visual, se erige como una pieza fundamental dentro de la narrativa negra contemporánea de la historieta argentina. Este cómic no es solo una historia de género; es una inmersión profunda en una Buenos Aires nocturna, melancólica y peligrosa, donde los códigos del tango y el hampa se entrelazan de manera indisoluble.

La trama se sitúa en los márgenes de la ciudad, en esos espacios donde la luz de las farolas apenas logra disipar una oscuridad que parece tener peso propio. El título, *Milonga*, funciona como una metáfora de doble entrada: por un lado, remite al espacio físico del baile, al ritual social y a la música que marca el pulso de los personajes; por otro, alude al término coloquial rioplatense que define un lío, un problema o una situación enredada de la que es difícil salir indemne.

El protagonista de esta historia es un hombre atrapado en una red de deudas, lealtades cuestionables y un pasado que se niega a ser enterrado. A través de sus ojos, el lector recorre boliches de mala muerte, calles empedradas y encuentros clandestinos. La narrativa de Bugatti huye de los excesos explicativos, apostando por un ritmo seco y preciso. Los diálogos son parcos, cargados de un subtexto que revela más por lo que se calla que por lo que se dice. Es un guion que confía plenamente en la capacidad del lector para interpretar los silencios y las miradas, construyendo una tensión constante que no necesita de grandes explosiones de acción para sostenerse.

El trabajo de Sergio Ibáñez en el dibujo es, sencillamente, magistral y determinante para la identidad de la obra. Utilizando un blanco y negro de alto contraste, Ibáñez hereda y evoluciona la tradición de los grandes maestros del noir gráfico. Sus sombras no son meros recursos estéticos, sino elementos narrativos que devoran a los personajes, sugiriendo una atmósfera de opresión y fatalismo. El trazo es sucio cuando la escena lo requiere y detallista al capturar la decadencia de los escenarios urbanos. La arquitectura de la ciudad se siente real, tangible y, sobre todo, hostil. La composición de las viñetas juega con los ángulos y las perspectivas para acentuar la soledad de los individuos frente a un entorno que parece devorarlos.

Uno de los puntos más destacados de *Milonga* es su capacidad para capturar la esencia del "noir" sin caer en el pastiche de los modelos estadounidenses. Si bien respeta las convenciones del género —el antihéroe, la ambigüedad moral, la violencia latente—, lo hace desde una identidad puramente rioplatense. La melancolía que impregna cada página es la misma que se encuentra en las letras de los tangos más amargos. No hay aquí una búsqueda de redención heroica, sino una lucha por la supervivencia en un mundo donde las reglas han sido escritas por otros y donde el destino parece estar sellado de antemano.

La estructura narrativa de la obra permite que el lector se sumerja en una espiral de acontecimientos que se suceden con la cadencia de un baile trágico. Cada encuentro, cada decisión tomada en la penumbra de una barra de bar, empuja al protagonista hacia un desenlace que se percibe inevitable. La relación entre el texto de Bugatti y la imagen de Ibáñez es simbiótica; el dibujo no ilustra el guion, sino que lo expande, aportando texturas y matices emocionales que las palabras apenas esbozan.

En conclusión, *Milonga* es un ejercicio de estilo y narrativa criminal de primer orden. Es una obra que exige una lectura atenta para apreciar la riqueza de sus sombras y la profundidad de su desencanto. Para los seguidores del cómic adulto y del género negro, representa una

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