El Cazador Del Tiempo

El Cazador del Tiempo es una de las piezas más fascinantes y, en ocasiones, injustamente olvidadas de la historieta argentina, fruto de la colaboración entre dos titanes del medio: el guionista Héctor Germán Oesterheld y el dibujante Leopoldo Durañona. Publicada originalmente a mediados de la década de 1970 en las páginas de la mítica revista *Skorpio* de Ediciones Record, esta obra representa la madurez narrativa de sus autores y se erige como un pilar del cómic de aventuras con tintes filosóficos y existencialistas.

La premisa de la obra nos presenta a un protagonista enigmático, conocido simplemente como el Cazador. A diferencia de otros viajeros temporales de la ficción, que suelen utilizar máquinas complejas o dispositivos científicos, el Cazador se desplaza a través de las eras de una manera mucho más orgánica y, a la vez, trágica. No es un turista del tiempo, sino un hombre condenado o destinado a transitar por los pliegues de la historia, apareciendo en momentos críticos de la humanidad sin un control total sobre su destino.

Desde el punto de vista narrativo, Oesterheld utiliza la estructura episódica para explorar la condición humana en contextos radicalmente distintos. El cómic no se limita a una sola época; el lector acompaña al protagonista desde la decadencia del Imperio Romano hasta futuros distópicos, pasando por la conquista de América o las guerras mundiales. Sin embargo, el foco no está puesto en el rigor histórico o en la explicación técnica del viaje temporal, sino en la interacción del individuo con su entorno y en la inevitabilidad de ciertos conflictos humanos.

El guion de Oesterheld se aleja del heroísmo clásico. El Cazador es un observador activo, un hombre que a menudo se ve envuelto en luchas que no le pertenecen, pero en las que no puede evitar intervenir. Existe una melancolía intrínseca en su viaje: la soledad del que lo ha visto todo y sabe que, sin importar cuánto luche, el tiempo seguirá su curso imperturbable. La maestría de Oesterheld reside en su capacidad para dotar a cada relato de una carga moral profunda, utilizando el monólogo interior para que el lector acceda a las reflexiones de un hombre que es, en esencia, un exiliado de la cronología.

En el apartado visual, Leopoldo Durañona realiza un trabajo magistral que define la atmósfera de la serie. Su estilo, caracterizado por un uso expresionista del claroscuro, encaja perfectamente con el tono sombrío y reflexivo de los guiones. Durañona logra diferenciar cada época con una precisión asombrosa en el detalle de vestuarios, arquitecturas y armamento, pero siempre manteniendo una unidad estética basada en sombras densas y composiciones dinámicas. Su dibujo no solo ilustra la acción, sino que transmite la pesadez del tiempo y el cansancio físico y mental del protagonista.

La obra se desmarca de la ciencia ficción convencional para adentrarse en el terreno de la fantasía metafísica. El "tiempo" en este cómic no es una línea recta, sino un laberinto donde el Cazador busca algo que parece escapársele constantemente: quizás su propia identidad, quizás un final para su errancia. Cada capítulo funciona como una parábola sobre la violencia, la ambición, el amor y la pérdida, temas recurrentes en la bibliografía de Oesterheld que aquí encuentran un vehículo perfecto a través de la figura del eterno viajero.

En resumen, *El Cazador del Tiempo* es una obra imprescindible para entender la evolución del cómic adulto en español. Es una historieta que exige una lectura atenta, que huye de los finales fáciles y que prefiere plantear preguntas antes que dar respuestas. La combinación del humanismo trágico de Oesterheld con el arte atmosférico de Durañona convierte a este título en un ejercicio de narrativa gráfica de alto nivel, donde el género de aventuras se eleva para reflexionar sobre la huella que el hombre deja en el paso de los siglos. Es, en definitiva, un viaje a través de la memoria y el destino, capturado en viñetas que no han perdido ni un ápice de su fuerza visual y narrativa con el paso de las décadas.

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