Yo, La Bestia

Yo, La Bestia, obra del polifacético autor gallego Alberto Vázquez, es una de las piezas más crudas, introspectivas y satíricas del cómic contemporáneo español. Publicada por Astiberri, esta novela gráfica se aleja de las estructuras narrativas convencionales para sumergir al lector en una disección despiadada del ego, el proceso creativo y la industria cultural. A través de una estética que bascula entre lo tierno y lo grotesco, Vázquez construye un relato que funciona tanto como una confesión personal como una crítica mordaz al sistema que rodea al artista.

La trama se centra en la figura de "La Bestia", un trasunto del propio autor, representado como un personaje antropomórfico de rasgos infantiles pero actitud cínica y agotada. La Bestia es un dibujante de éxito, un autor consagrado que ha alcanzado lo que muchos considerarían la cima de su carrera: premios, reconocimiento internacional, giras de firmas y una base de seguidores fiel. Sin embargo, bajo esta fachada de triunfo profesional, el protagonista habita un estado de vacío existencial absoluto. La obra no busca narrar una epopeya, sino documentar el estancamiento emocional de un creador que ha terminado odiando aquello que le da de comer.

El cómic se estructura como una sucesión de episodios que retratan la cotidianidad del artista, marcada por la desidia y el desprecio hacia su entorno. Vázquez utiliza el entorno de los festivales de cómic, las entrevistas promocionales y las reuniones editoriales para exponer las miserias de un sector que, a menudo, prioriza la marca personal sobre la integridad del arte. La Bestia se mueve por estos escenarios como un espectador pasivo y amargado, observando con desdén a sus colegas, a los críticos y, especialmente, a un público al que percibe como una masa insaciable y superficial.

Uno de los pilares fundamentales de Yo, La Bestia es la exploración del "monstruo" interno. El título no es casual; hace referencia a esa parte del artista que se alimenta del reconocimiento y que, al mismo tiempo, devora su capacidad de disfrutar de la creación. La obra plantea una pregunta incómoda: ¿qué queda de la pasión original cuando el arte se convierte en un trabajo rutinario y el autor en un producto? La respuesta que ofrece Vázquez es oscura y carente de autocomplacencia. El protagonista está atrapado en una jaula de oro construida por su propio talento, donde la inspiración ha sido sustituida por la técnica y la ambición por el cansancio.

Visualmente, el cómic es un despliegue del estilo distintivo de Alberto Vázquez. Utilizando un blanco y negro de alto contraste, con un uso magistral de las sombras y las texturas, el autor crea una atmósfera claustrofóbica y sucia que contrasta con el diseño simplificado de los personajes. Esta dualidad es clave: los personajes parecen sacados de un cuento infantil, pero sus acciones y diálogos están cargados de bilis y nihilismo. El dibujo no solo ilustra la historia, sino que refuerza la sensación de podredumbre moral que impregna cada página. Los escenarios, a menudo recargados y asfixiantes, reflejan el estado mental de un protagonista que no encuentra aire ni siquiera en su propio estudio.

La narrativa prescinde de giros de guion espectaculares para centrarse en el ritmo de la frustración. El lector acompaña a La Bestia en sus monólogos internos, reflexiones que oscilan entre la lucidez extrema y la autocompasión más tóxica. No hay un intento de hacer que el lector empatice con el protagonista de forma tradicional; de hecho, La Bestia puede resultar un personaje profundamente antipático. Sin embargo, es en esa honestidad brutal donde reside la fuerza de la obra. Vázquez no busca redimir a su criatura, sino exponerla en toda su desnudez, con sus envidias, sus complejos de superioridad y su soledad.

En conclusión, Yo, La Bestia es un ejercicio de metaficción que trasciende el género biográfico. Es un espejo deformante que refleja las inseguridades de cualquier creador y las contradicciones de una sociedad que consume cultura de forma compulsiva. Sin necesidad de recurrir a artificios ni a finales complacientes, Alberto Vázquez entrega una obra densa, incómoda y necesaria que se consolida como un referente para entender la psicología del artista en el siglo XXI. Es, en esencia, un cómic sobre el fin de la inocencia creativa y el nacimiento de un profesional que, a pesar de tenerlo todo, ha perdido la capacidad de sorprenderse a sí mismo.

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