La Casa de la Abadía, publicada por la editorial Astiberri, representa un hito significativo en la trayectoria de Kim (Joaquim Aubert Puig-Arnau), uno de los autores más laureados y respetados del panorama del cómic español. En esta obra, el autor de *El arte de volar* y *Martínez el Facha* se aleja de la sátira política y del realismo biográfico crudo para adentrarse en el terreno de la adaptación literaria, tomando como base un relato de la escritora Montserrat Roig. El resultado es una novela gráfica que funciona como un ejercicio de memoria histórica, suspense psicológico y retrato social de la España de posguerra.
La trama se sitúa en un entorno rural, marcado por el aislamiento y la pesadez del tiempo. La protagonista, Natàlia, es una joven que llega a una imponente y decadente construcción conocida como la Casa de la Abadía. Este edificio no es un simple escenario; Kim lo dota de una personalidad propia, convirtiéndolo en un personaje más que respira a través de sus muros desconchados, sus pasillos sombríos y sus estancias cargadas de polvo y secretos. Natàlia acude allí con el propósito de realizar un trabajo, pero pronto se ve envuelta en una atmósfera de extrañeza que trasciende lo profesional.
En el corazón de la casa reside una anciana, una figura enigmática que custodia no solo la propiedad, sino también los ecos de un pasado que se niega a desaparecer. La interacción entre ambas mujeres —la juventud que busca respuestas y la vejez que se aferra a los silencios— constituye el motor narrativo de la obra. A través de sus diálogos y, sobre todo, de lo que no se dicen, el lector comienza a vislumbrar las cicatrices de la Guerra Civil Española y los traumas que quedaron sepultados bajo el manto de la represión y el miedo.
Desde el punto de vista técnico, el trabajo de Kim en *La Casa de la Abadía* es magistral. Su estilo, caracterizado por un trazo minucioso y un uso experto del rayado para generar texturas, se adapta perfectamente al tono gótico y melancólico de la historia. El autor utiliza una paleta de colores sobria, dominada por tonos ocres, grises y sombras profundas, que refuerzan la sensación de claustrofobia y estancamiento. La composición de las viñetas juega constantemente con la arquitectura de la casa, utilizando los marcos de las puertas y las ventanas para encuadrar a los personajes, sugiriendo que están atrapados tanto por la estructura física como por las convenciones sociales de la época.
El cómic aborda temas fundamentales como la identidad femenina en un entorno hostil, la herencia del dolor y la necesidad de confrontar la verdad para poder avanzar. Kim logra trasladar la prosa lírica y comprometida de Montserrat Roig al lenguaje secuencial sin perder la esencia de la autora original. La narrativa es pausada, permitiendo que el misterio se cocine a fuego lento, obligando al lector a prestar atención a los detalles visuales que a menudo revelan más que el propio texto.
*La Casa de la Abadía* no es solo una historia sobre una casa vieja; es una metáfora de un país que, durante décadas, prefirió el silencio a la confrontación con sus propios fantasmas. La obra destaca por su capacidad para evocar una época de privaciones y sombras, donde la religión, la moral estricta y el peso de la derrota configuraban la vida cotidiana. Es una pieza esencial para entender la evolución de Kim como narrador visual, demostrando su habilidad para capturar la psicología humana a través de la expresión de un rostro o la disposición de una sombra en una habitación vacía.
En definitiva, este cómic se erige como una obra de madurez, donde