Himalaya, la obra de Jean-Marc Rochette y Olivier Bocquet, se erige como una de las piezas más introspectivas y visualmente sobrecogedoras del cómic europeo contemporáneo. Publicada tras el éxito de *Altitud* (*Ailefroide*), esta novela gráfica no solo funciona como una continuación temática y vital en la trayectoria de Rochette, sino como una meditación profunda sobre la relación del ser humano con la naturaleza extrema y la búsqueda de la trascendencia a través del arte y el esfuerzo físico.
La narrativa nos sitúa años después de que el protagonista —el propio Rochette— abandonara el alpinismo de élite tras un grave accidente que casi le cuesta la vida y que lo empujó definitivamente hacia su carrera como dibujante. Sin embargo, la montaña nunca abandonó su psique. La trama arranca con una llamada de lo salvaje, un impulso casi místico que lo lleva a aceptar el desafío de enfrentarse a las cumbres más altas del planeta: el macizo del Annapurna, en el Himalaya. Acompañado por un grupo de expedicionarios, el autor se embarca en un viaje que es tanto una expedición geográfica como un descenso a los abismos de su propia memoria y ambición.
Desde el punto de vista del guion, coescrito con Olivier Bocquet, el cómic evita los tropos habituales del género de aventuras. No estamos ante una épica de conquista heroica, sino ante un relato de vulnerabilidad. La estructura narrativa se divide entre la logística técnica de la ascensión —los campos base, la aclimatación, el frío asfixiante— y los monólogos internos de un hombre que se cuestiona por qué necesita volver a ponerse en peligro cuando ya ha encontrado el éxito en el mundo del arte. La tensión no proviene solo de las grietas o las avalanchas, sino de la lucha interna entre el artista que observa y el alpinista que actúa.
El apartado gráfico es, sin duda, el pilar fundamental de la obra. Rochette despliega un estilo que ha evolucionado hacia una crudeza expresionista. Su trazo es visceral, casi geológico; parece que las páginas estuvieran esculpidas en la roca misma. El uso del color es deliberadamente sobrio, dominado por una paleta de blancos cegadores, grises pétreos y azules gélidos que transmiten la desolación y la magnitud del paisaje nepalí. La montaña no es un simple escenario; es un personaje vivo, indiferente y colosal que reduce la figura humana a una mancha insignificante en la inmensidad del papel. La capacidad de Rochette para dibujar el vacío y el silencio es lo que eleva este cómic por encima de la crónica autobiográfica estándar.
Un aspecto crucial de *Himalaya* es su reflexión sobre el envejecimiento y los límites del cuerpo. A diferencia de sus obras de juventud, aquí el protagonista se enfrenta a una montaña que ya no ve como un trofeo, sino como un espejo. El cómic explora la humildad necesaria para sobrevivir en altitudes donde el oxígeno escasea y el cerebro empieza a traicionar la percepción. La obra analiza cómo el arte se convierte en la única herramienta capaz de procesar una experiencia tan abrumadora, intentando capturar en viñetas lo que es, por definición, inabarcable.
En conclusión, *Himalaya* es un testimonio gráfico de una honestidad brutal. Es una obra esencial para entender la madurez de un autor que ha logrado fusionar sus dos pasiones —el dibujo y la montaña— en un lenguaje visual único. Sin caer en el sentimentalismo, Rochette y Bocquet logran que el lector sienta el peso de la mochila, el ardor en los pulmones y la fascinación casi aterradora de mirar hacia arriba y comprender nuestra propia finitud. Es un cómic sobre la persistencia, el miedo y, sobre todo, sobre la necesidad humana de buscar la belleza en los lugares más inhóspitos del mundo.