Contragolpe: El Noir Argentino en su Máxima Expresión
*Contragolpe* representa uno de los pilares fundamentales de la historieta policial y de acción producida en Argentina durante la edad de plata del medio, específicamente bajo el sello de Ediciones Record. Escrita por el prolífico Alfredo Grassi —quien firmaba bajo el seudónimo de Steve Barret— e ilustrada por el maestro Enio Leguizamón, esta obra se consolida como un ejercicio de estilo dentro del género *hard-boiled*, adaptado a la sensibilidad y el ritmo de la narrativa gráfica de finales de los años 70 y principios de los 80.
La trama se centra en la figura de Steve Barret, un personaje que comparte nombre con el alias del guionista, lo cual establece desde el inicio un juego de identidad y autoría muy propio de la época. Barret no es el héroe convencional de mandíbula cuadrada y moral inquebrantable; es un hombre de acción, un ex-agente o investigador con un pasado difuso que se mueve con soltura en las zonas grises de la legalidad. La premisa de la serie, como su título indica, se basa en la capacidad de respuesta del protagonista ante las agresiones de un entorno hostil, corrupto y profundamente violento.
Narrativamente, *Contragolpe* se aleja de las estructuras complejas para centrarse en la eficacia del relato. Cada episodio sumerge al lector en una atmósfera de tensión constante donde Barret debe enfrentarse a organizaciones criminales, traiciones políticas o casos de corrupción urbana. El guion de Grassi destaca por su economía de palabras y su uso magistral de los diálogos cortantes, cargados de cinismo y desencanto. No hay espacio para el sentimentalismo; en el mundo de *Contragolpe*, la supervivencia depende de la rapidez de reflejos y de la capacidad de anticiparse al movimiento del adversario.
El apartado visual de Enio Leguizamón es, sin lugar a dudas, el componente que eleva la obra a la categoría de culto. Leguizamón despliega un dominio absoluto del claroscuro, técnica esencial para definir la estética *noir* de la serie. Sus páginas están dominadas por sombras densas, contrastes violentos y una composición de viñetas que prioriza el dinamismo y la crudeza. El dibujo de Leguizamón no busca la belleza estética tradicional, sino la expresividad del realismo sucio. Los rostros de los personajes reflejan el cansancio, la ambición o el miedo, mientras que los escenarios urbanos —callejones, oficinas lúgubres, muelles solitarios— se convierten en personajes por derecho propio, asfixiando al lector y reforzando la sensación de peligro inminente.
Un aspecto técnico destacable es la gestión del ritmo. Grassi y Leguizamón logran una sincronía perfecta entre la acción física y el desarrollo de la intriga. Las secuencias de combate o persecución están narradas con una claridad cinematográfica, donde cada trazo de Leguizamón acentúa el impacto del "contragolpe" que da nombre a la obra. La violencia en el cómic es seca y directa, despojada de cualquier tipo de glorificación, funcionando como una consecuencia inevitable de las decisiones de los personajes.
Temáticamente, la obra explora la soledad del individuo frente a sistemas de poder que lo superan. Steve Barret actúa a menudo como un catalizador que expone la podredumbre de la sociedad, aunque él mismo no se considere un reformador social. Su ética es personal y pragmática: cumplir con el encargo, sobrevivir al día y devolver el golpe con