Merdichesky, la obra gestada por la dupla creativa compuesta por el guionista Carlos Trillo y el dibujante Horacio Altuna, representa uno de los hitos más singulares y lúcidos de la historieta argentina de principios de los años ochenta. Publicada originalmente de forma serializada, esta obra se aleja de los cánones del género policial clásico para proponer una deconstrucción del héroe, sumergiendo al lector en una Nueva York decadente, sucia y profundamente humana.
La trama gira en torno a su protagonista homónimo, Merdichesky, un oficial de policía de origen judío que trabaja en la ciudad de Nueva York. Sin embargo, cualquier parecido con los detectives implacables o los agentes de acción de la época es pura coincidencia. Merdichesky es, en esencia, el "anti-héroe" definitivo. Es un hombre de baja estatura, calvo, con una apariencia física que roza lo caricaturesco y que carece por completo del carisma tradicionalmente asociado a los protectores de la ley. Su vida personal es igualmente poco glamurosa: vive con su madre, una mujer posesiva y dominante que representa el arquetipo de la "madre judía" asfixiante, quien constantemente cuestiona su profesión y su falta de ambición.
El cómic se estructura a través de una serie de casos y situaciones cotidianas que Merdichesky debe enfrentar en una urbe que parece devorarse a sí misma. La genialidad del guion de Trillo radica en cómo utiliza la figura del policía para explorar la mediocridad, la soledad y la corrupción sistémica. Merdichesky no busca la gloria ni tiene un sentido mesiánico de la justicia; su principal objetivo suele ser simplemente sobrevivir al turno, evitar problemas y, si es posible, no decepcionar demasiado a su madre. A pesar de esto, su propia naturaleza ética —a menudo involuntaria— lo lleva a verse envuelto en situaciones donde la moralidad es un terreno pantanoso.
Desde el punto de vista visual, el trabajo de Horacio Altuna es magistral y fundamental para la atmósfera de la obra. Altuna abandona aquí el esteticismo de sus personajes más bellos para abrazar un realismo sucio y detallado. La Nueva York de *Merdichesky* es una ciudad de callejones oscuros, oficinas de policía desordenadas y rostros marcados por el cansancio y la fealdad. El dibujo captura la opresión del entorno urbano, donde el humo de los cigarrillos y la humedad de las calles parecen traspasar el papel. La expresividad que Altuna otorga al protagonista es clave: a través de sus gestos de resignación y sus miradas perdidas, el lector logra empatizar con un personaje que, en manos de otro artista, podría haber resultado patético.
La narrativa se mueve constantemente entre la sátira social y el drama existencial. Trillo utiliza el humor negro para suavizar la crudeza de una sociedad violenta e indiferente. Los diálogos son ágiles, cargados de ironía y de una profunda observación de la naturaleza humana. A través de los ojos de Merdichesky, vemos una fuerza policial compuesta por hombres cínicos, corruptos o simplemente agotados, donde el protagonista destaca no por su valentía, sino por su incapacidad para encajar en ese molde de brutalidad.
Uno de los aspectos más interesantes de la obra es el tratamiento de la identidad. El hecho de que Merdichesky sea judío no es un detalle accesorio; permea su visión del mundo, sus miedos y su relación con la autoridad. La dinámica con su madre aporta un contrapunto doméstico que humaniza el relato y ofrece momentos de una comedia agridulce que contrasta con la violencia de las calles. Es en esa dualidad —el policía que enfrenta criminales de día y es regañado por no abrigarse de noche— donde la historieta encuentra su mayor fuerza narrativa.
*Merdichesky* no es solo un cómic policial; es un estudio sobre la dignidad del hombre común frente a un sistema que lo ignora. Es una obra que rechaza las soluciones fáciles y los finales felices de Hollywood para ofrecer, en su lugar, una crónica honesta y desencantada sobre la supervivencia urbana. La colaboración entre Trillo y Altuna alcanza aquí una de sus cotas más altas, logrando un equilibrio perfecto entre un guion inteligente y una ejecución técnica impecable que ha permitido que la obra envejezca con una vigencia sorprendente. Para el lector contemporáneo, este cómic sigue siendo una lección de narrativa visual y una pieza imprescindible para entender la evolución de la historieta adulta en español.