En el panorama del cómic independiente estadounidense de mediados de los años 2000, pocas figuras resultaron tan disruptivas y políticamente incorrectas como la creación de Jimmie Robinson para Image Comics. Con el tercer volumen de la serie, titulado "Bomb Queen III: La Buena, la Mala y la Adorable" (*The Good, the Bad, and the Lovely*), la saga de la soberana del crimen alcanza un punto de inflexión donde la sátira social y la deconstrucción del género de superhéroes se entrelazan de manera indisoluble.
Para entender este tercer arco, es imperativo situarse en el escenario: New Port City. Esta metrópolis no es una ciudad convencional; es un experimento social y legal, una zona soberana donde el crimen es legal y la única ley es la voluntad de Bomb Queen. Ella no es una antiheroína con un código moral ambiguo; es una villana absoluta, hedonista y despótica que mantiene el orden a través del caos controlado. Sin embargo, su dominio se basa en un equilibrio precario: la ciudad debe permanecer aislada y libre de la influencia de los "héroes" del mundo exterior.
La trama de "La Buena, la Mala y la Adorable" arranca cuando este aislamiento se ve amenazado por una fuerza que Bomb Queen no puede simplemente hacer explotar: la opinión pública y la moralidad absoluta. La llegada de un nuevo justiciero, el Caballero Blanco (White Knight), rompe el statu quo. A diferencia de otros héroes que han intentado invadir New Port City mediante la fuerza bruta —y han terminado despedazados—, este nuevo adversario utiliza una estrategia mucho más peligrosa para la Reina: la benevolencia, la limpieza y la restauración de los valores tradicionales.
El conflicto central del cómic no es solo una batalla física, sino una guerra ideológica y mediática. Jimmie Robinson utiliza este volumen para diseccionar la hipocresía de la política moderna y la maleabilidad de las masas. Mientras el Caballero Blanco comienza a "limpiar" las calles y a ganarse el corazón de los ciudadanos que antes adoraban la anarquía, Bomb Queen se encuentra en una posición vulnerable. Por primera vez, su brutalidad no es vista como una herramienta de libertad frente al sistema, sino como un obstáculo para una vida mejor.
El título, un claro guiño al clásico de Sergio Leone, establece las tres facciones en juego. "La Mala" es, por supuesto, nuestra protagonista, cuya falta de escrúpulos se pone a prueba. "La Buena" y "La Adorable" representan las diferentes facetas de la amenaza externa y los personajes secundarios que orbitan alrededor del poder. Robinson introduce elementos de comedia negra y crítica feroz hacia la cultura de la celebridad y el puritanismo estadounidense, sugiriendo que la "bondad" extrema puede ser tan totalitaria y destructiva como la villanía más descarada.
Visualmente, el estilo de Robinson en este volumen se mantiene fiel a su estética: líneas limpias, una narrativa visual dinámica y un diseño de personajes que bordea lo caricaturesco para enfatizar el tono satírico. El contraste entre la estética oscura y agresiva de Bomb Queen y la luminosidad casi cegadora del Caballero Blanco sirve como un recordatorio constante de la dicotomía que explora la obra. Las secuencias de acción son exageradas y viscerales, cumpliendo con la cuota de espectáculo que los seguidores de la serie esperan, pero siempre al servicio de la trama política.
Un aspecto fundamental de este tercer tomo es la evolución de la propia Bomb Queen. Aunque sigue siendo un personaje moralmente reprobable, el lector se ve forzado a cuestionar si su "libertad criminal" es preferible a la "perfección impuesta" por su rival. El cómic evita las respuestas fáciles y se sumerge en una zona gris donde la ética es un accesorio y el poder es el único fin.
En conclusión, "Bomb Queen III: La Buena, la Mala y la Adorable" es mucho más que un cómic de explotación o una parodia de superhéroes. Es una obra que utiliza el exceso para hablar de la manipulación de las masas, el peligro de los salvadores mesiánicos y la naturaleza del poder absoluto. Sin necesidad de recurrir a giros de guion tramposos, Robinson logra que el lector se mantenga expectante ante el destino de una ciudad que parece condenada, ya sea por su reina o por su nuevo salvador. Es una lectura esencial para quienes buscan un cómic que desafíe las convenciones del género con inteligencia, mala leche y una falta total de complejos.