Villadiego, la obra más reciente de Álvaro Ortiz publicada por Astiberri, se consolida como una de las piezas más vibrantes y adictivas del panorama del cómic español contemporáneo. Tras el éxito de trabajos como *Cenizas*, *Rituales* o su lúdica incursión en el universo de Batman con *El murciélago sale a por birras*, Ortiz regresa al terreno que mejor domina: el *thriller* de carretera, el humor negro y la narrativa de enredos donde el azar y la mala fortuna dictan el destino de sus protagonistas.
La trama de *Villadiego* arranca con una premisa clásica del género negro, pero pasada por el tamiz de la idiosincrasia de la "España profunda". La historia nos presenta a un grupo de personajes cuyas vidas, marcadas por la precariedad, el aburrimiento o la falta de expectativas, colisionan de forma violenta y fortuita. El detonante es el hallazgo de un cadáver y una bolsa de dinero, un "macguffin" que sirve de motor para una huida hacia adelante que parece no tener fin. El título, que hace referencia a la expresión popular "tomar las de Villadiego" (huir de forma apresurada), no es solo un juego de palabras geográfico, sino una declaración de intenciones sobre el ritmo frenético de la obra.
A diferencia de otros relatos de suspense, Ortiz no busca la solemnidad. El autor construye un rural noir que bebe directamente de la cinematografía de los hermanos Coen o de Guy Ritchie, pero con un sabor puramente local. Los diálogos son rápidos, ácidos y cargados de un realismo cotidiano que permite al lector empatizar con unos personajes que, a pesar de sus cuestionables decisiones morales, resultan profundamente humanos. La tensión se dosifica con maestría, alternando momentos de violencia seca con situaciones de un absurdo casi berlanguiano.
En el apartado visual, Álvaro Ortiz mantiene y depura su estilo característico. Su dibujo, de línea clara y aparentemente sencilla, esconde una enorme capacidad expresiva y una planificación de página milimétrica. En *Villadiego*, el autor juega con la composición para transmitir la sensación de agobio y urgencia. El uso del color es, como es habitual en su bibliografía, un elemento narrativo fundamental. Las paletas cromáticas no solo sitúan al lector en la atmósfera calurosa y polvorienta de los escenarios castellanos, sino que también subrayan los cambios de tono emocional de la historia.
Uno de los puntos fuertes del cómic es su ambientación. El pueblo de Villadiego y sus alrededores no son meros decorados; funcionan como una trampa de la que los protagonistas intentan escapar desesperadamente. Ortiz captura la esencia de esos lugares donde el tiempo parece detenido, pero donde bajo la superficie bullen secretos, rencores y una violencia latente lista para estallar ante el menor estímulo. La geografía se convierte en un laberinto psicológico para los personajes, que se ven atrapados en una espiral de decisiones erróneas que los hunden cada vez más en el fango.
La estructura narrativa de la obra es circular y coral. A través de saltos temporales y cambios de perspectiva, el lector va recomponiendo el puzle de los acontecimientos. Esta técnica permite que la información se entregue de forma fragmentada, manteniendo el interés y la intriga en cada página. No hay tiempos muertos; cada escena aporta una pieza necesaria para entender cómo han llegado hasta ese punto de no retorno.
En conclusión, *Villadiego* es un ejercicio de estilo impecable. Es un cómic que demuestra la madurez de Álvaro Ortiz como narrador, capaz de orquestar una trama compleja con una ligereza envidiable. Es una historia sobre la huida, no solo física, sino también de uno mismo y de las circunstancias que nos rodean. Sin necesidad de recurrir a artificios innecesarios, la obra se sostiene sobre un guion sólido, unos personajes bien perfilados y un apartado gráfico que confirma a Ortiz como una de las voces más personales y necesarias del noveno arte actual. Es, en definitiva, una lectura obligatoria para los amantes del género negro que busquen algo fresco, dinámico y con una identidad propia muy marcada.