El Camionero, con guion de Diego Agrimbau y dibujos de Hernán González, es una de las obras más potentes y singulares de la narrativa gráfica argentina contemporánea. Publicada originalmente por entregas en la mítica revista *Fierro* y posteriormente recopilada en formato libro, esta obra se inscribe en una tradición de ciencia ficción distópica que, si bien bebe de referentes estéticos universales, posee una identidad profundamente rioplatense y existencialista.
La premisa nos sitúa en un futuro indeterminado, en un mundo que ha quedado reducido a una red infinita de carreteras que atraviesan desiertos baldíos y paisajes postindustriales en absoluta decadencia. En este escenario, la figura del camionero no es solo un oficio, sino una forma de supervivencia y una identidad total. El protagonista, un hombre de pocas palabras y gestos endurecidos por el asfalto, vive por y para su vehículo. Su camión no es simplemente una herramienta de trabajo; es su hogar, su armadura y su único vínculo con una realidad que parece desmoronarse a cada kilómetro.
La trama se pone en marcha cuando el protagonista acepta un encargo aparentemente rutinario pero de naturaleza incierta. En este universo, el transporte de mercancías es la única actividad que mantiene una apariencia de orden en medio del caos. Sin embargo, lo que comienza como un viaje de logística se transforma rápidamente en una odisea psicológica y física. El guion de Agrimbau evita los lugares comunes de la acción desenfrenada para centrarse en la tensión constante, el aislamiento y la paranoia que genera el horizonte infinito.
Uno de los pilares fundamentales de El Camionero es su construcción de mundo. No se nos explica a través de extensos textos de apoyo qué ocurrió con la civilización; el lector debe deducirlo a través de los restos de tecnología, la escasez de recursos y la hostilidad de los personajes secundarios que pueblan las estaciones de servicio y los puestos de control. Es un mundo de "hierro y óxido", donde la obsolescencia programada ha dado paso a una mecánica de remiendos y supervivencia.
El trabajo artístico de Hernán González es, sencillamente, magistral y esencial para la narrativa. Su estilo, caracterizado por un uso expresivo de las sombras y un detallismo técnico impresionante en la representación de la maquinaria, logra transmitir la pesadez del metal y la vastedad del desierto. González utiliza una narrativa visual cinematográfica, con encuadres que enfatizan la pequeñez del ser humano frente a la inmensidad del paisaje y la escala colosal de los vehículos. El diseño del camión protagonista es un acierto absoluto: se siente como una entidad viva, un monstruo de acero que respira humo y aceite.
A nivel temático, la obra explora la alienación del individuo en un sistema que lo reduce a una pieza más de un engranaje logístico. El protagonista es un hombre que ha renunciado a su humanidad para convertirse en una extensión de su máquina. La relación entre el conductor y el vehículo roza lo simbiótico, planteando preguntas sobre la identidad en un entorno donde no hay lugar para los sentimientos o la introspección. El viaje, motor clásico de la literatura, aquí no representa necesariamente un crecimiento personal, sino una huida hacia adelante o una condena circular.
Sin caer en el *spoiler*, es importante destacar que el conflicto central no reside solo en los peligros externos —bandidos, fallos mecánicos o la inclemencia del tiempo— sino en la carga que transporta. Ese "algo" que viaja en el remolque actúa como un catalizador que obliga al camionero a enfrentarse a sus propios límites éticos y a la monotonía de su existencia.
En conclusión, El Camionero es una pieza imprescindible para entender la evolución del cómic de género en el siglo XXI. Agrimbau y González logran una sinergia perfecta entre un guion seco, preciso y cargado de subtexto, y un apartado visual que es puro deleite para los amantes de la estética *dieselpunk* y post-apocalíptica. Es una historia sobre la soledad, el peso de la responsabilidad y la búsqueda de un destino en un mundo donde todas las rutas parecen llevar al mismo vacío. Una lectura densa, atmosférica y visualmente impactante que confirma que, a veces, el camino es mucho más importante (y aterrador) que el destino.