El Duro, una de las obras más representativas de la colaboración entre el guionista paraguayo Robin Wood y el dibujante argentino Enrique Villagrán (bajo el seudónimo de Gómez Sierra), se erige como un pilar fundamental dentro de la mítica Editorial Columba. Publicada originalmente en las páginas de la revista *Intervalo* a finales de la década de 1970, esta historieta se aleja de los convencionalismos del género de aventuras tradicional para adentrarse en un realismo psicológico y ambiental que define la madurez narrativa de sus autores.
La trama se sitúa en el convulso escenario del Viejo Oeste estadounidense, pero lo hace despojándose de la épica romántica de Hollywood. El protagonista, cuyo nombre real rara vez importa frente al apelativo que da título a la obra, es un hombre forjado por la adversidad y el silencio. "El Duro" no es un héroe en el sentido clásico; es un superviviente. Su fisonomía, marcada por una expresión imperturbable y una constitución física que sugiere una resistencia sobrehumana, es el reflejo de un pasado que el lector solo alcanza a vislumbrar a través de sus acciones presentes.
Narrativamente, la serie se estructura en episodios autoconclusivos que, sin embargo, construyen un mosaico coherente sobre la condición humana en situaciones límite. El protagonista recorre territorios fronterizos, pueblos polvorientos y paisajes desolados, encontrándose con una galería de personajes que van desde los desesperados y los oprimidos hasta los tiranos de turno. La maestría de Robin Wood reside en su capacidad para dotar a "El Duro" de una profundidad filosófica sin necesidad de largos monólogos. El personaje observa, analiza y actúa con una economía de movimientos y palabras que refuerza su aura de letalidad y sabiduría pragmática.
El conflicto central de la obra no es solo la lucha contra el forajido o el corrupto, sino la lucha interna por mantener la integridad en un mundo que carece de ella. "El Duro" se ve constantemente arrastrado a situaciones donde su intervención es necesaria, a menudo a su pesar. No busca la gloria ni la justicia abstracta; responde a un código de honor personal, seco y directo, que lo obliga a equilibrar la balanza cuando la injusticia se vuelve intolerable. Es un hombre que conoce el peso de la violencia y, precisamente por ello, no la ejerce con ligereza, aunque cuando lo hace, es con una eficacia absoluta.
En el apartado visual, Enrique Villagrán despliega un virtuosismo técnico que eleva la narrativa de Wood. Su estilo se caracteriza por un realismo detallado, donde el uso de las sombras y el claroscuro no solo ambienta las escenas, sino que subraya la psicología de los personajes. Los rostros en *El Duro* cuentan historias por sí mismos: las arrugas, el sudor y las miradas cansadas transmiten el rigor del clima y la dureza de la vida en la frontera. Villagrán logra que el entorno —el desierto, las tabernas oscuras, las llanuras infinitas— sea un personaje más, influyendo en el ritmo de la acción y en el ánimo del protagonista.
La sinopsis de la obra podría resumirse como el deambular de un hombre solitario que, cargando con el estigma de su propia fortaleza, se convierte en el catalizador de cambios en las vidas de aquellos con quienes se cruza. Es un estudio sobre la soledad y la resistencia. A diferencia de otros personajes de Wood, como Nippur de Lagash o Gilgamesh, "El Duro" carece de aspiraciones místicas o políticas; su horizonte es el día siguiente y su única posesión es su capacidad para seguir en pie cuando otros han caído.
En conclusión, *El Duro* es una pieza esencial para entender la evolución de la historieta sudamericana. Representa la transición hacia un cómic más adulto, donde el guion literario y el arte cinematográfico se fusionan para explorar temas universales como la redención, el sacrificio y la soledad del individuo frente a una sociedad hostil. Es, en definitiva, un retrato crudo y honesto de la naturaleza humana, servido a través de la lente de un western atípico y profundamente humanista.