Fly: The Fall representa el segundo capítulo de la trilogía creada por el guionista Raven Gregory para la editorial Zenescope Entertainment. Tras el éxito de la primera entrega, esta secuela profundiza en la deconstrucción del mito del superhéroe, alejándose de las capas y el altruismo para centrarse en una realidad mucho más sórdida: la adicción, la obsesión y las consecuencias devastadoras de intentar escapar de una vida mediocre a través de medios artificiales.
La premisa de la saga gira en torno a una droga sintética que otorga a quien la consume la capacidad de volar. Sin embargo, en el universo de Gregory, el vuelo no es un símbolo de libertad o esperanza, sino una metáfora de la dependencia química más extrema. Fly: The Fall retoma la historia meses después de los traumáticos eventos del primer volumen, situándonos en un escenario donde las cicatrices, tanto físicas como psicológicas, han comenzado a supurar.
El protagonista, Eddie, se encuentra en un estado de absoluta vulnerabilidad. Tras haber experimentado el éxtasis del vuelo y el horror de la pérdida, su vida es un recordatorio constante de que todo lo que sube tiene que bajar. La narrativa de esta entrega se centra en el concepto de "la caída", no solo como un acto físico derivado de la gravedad, sino como el descenso moral y emocional de sus personajes. Eddie ya no es el joven que buscaba una salida; es un hombre perseguido por sus decisiones y por la sombra de Francis, cuya presencia sigue proyectándose sobre todos los que alguna vez probaron la droga.
Uno de los puntos fuertes de este cómic es cómo maneja la estructura coral. Aunque Eddie es el eje central, la historia se expande para mostrar cómo el "vuelo" ha corrompido diferentes estratos de la sociedad. La trama nos presenta a nuevos individuos cuyas vidas han sido destrozadas por la sustancia, subrayando que el poder, cuando nace de la desesperación, solo genera más dolor. La narrativa de Gregory es implacable y no ofrece concesiones al lector; cada página respira una atmósfera de fatalismo inminente.
En el apartado visual, el trabajo de Robert Gill complementa perfectamente el tono oscuro de la obra. Su estilo es detallado y crudo, capaz de capturar la fealdad de la abstinencia y la violencia visceral de los enfrentamientos. El diseño de las escenas de vuelo en The Fall difiere de la primera parte: aquí, el cielo ya no parece un espacio de infinitas posibilidades, sino un vacío amenazante que subraya la soledad de los personajes. El uso del color y las sombras refuerza esa sensación de cine negro contemporáneo, donde la luz es escasa y los rostros reflejan el desgaste de quienes han visto demasiado.
El conflicto central de esta secuela no es solo la supervivencia frente a enemigos externos, sino la lucha interna contra el deseo de volver a consumir. La droga "Fly" actúa como un parásito que redefine la identidad de sus usuarios. En The Fall, se explora la idea de que el verdadero peligro no es la droga en sí, sino lo que las personas están dispuestas a hacer para recuperar esa sensación de divinidad, aunque sea por unos pocos minutos. La ética se vuelve borrosa y los límites entre el héroe y el villano desaparecen por completo.
Sin entrar en detalles que arruinen la experiencia, la obra se estructura como un thriller psicológico con tintes de horror corporal. La tensión aumenta de forma constante, llevando a los personajes hacia un punto de no retorno. Raven Gregory utiliza el género de los "superpoderes" como un caballo de Troya para hablar de temas profundamente humanos: el duelo, la culpa y la incapacidad de aceptar la realidad.
En resumen, Fly: The Fall es una continuación necesaria que expande el lore de la franquicia sin perder el enfoque íntimo y perturbador que la caracteriza. Es una lectura obligatoria para quienes buscan una visión madura y desencantada del género, donde el vuelo no es un regalo, sino una condena, y donde la caída es, inevitablemente, el único destino posible para aquellos que se atrevieron a tocar el cielo sin estar preparados para el impacto contra el suelo.