Infierno 66, la obra escrita y dibujada por Israel L. Escudero, se erige como una de las propuestas más viscerales y asfixiantes dentro del panorama del cómic de terror contemporáneo en español. La narrativa se aleja de los tropos convencionales del género para sumergir al lector en una pesadilla que combina el suspense psicológico con un horror metafísico que parece emanar directamente del asfalto ardiente de una carretera olvidada por Dios.
La premisa nos sitúa en un escenario clásico del imaginario colectivo: una gasolinera aislada en mitad de la nada, un no-lugar que sirve de refugio temporal para un grupo de personajes que, por azares del destino o por un diseño más siniestro, terminan convergiendo en este punto crítico. Lo que comienza como una parada técnica en un viaje rutinario pronto se transforma en una trampa claustrofóbica. Escudero utiliza este entorno limitado para potenciar una sensación de aislamiento absoluto, donde el horizonte no es una promesa de libertad, sino una barrera infranqueable que separa a los protagonistas de la realidad que conocían.
El núcleo de Infierno 66 no reside únicamente en la amenaza externa, sino en la disección de sus personajes. Cada uno de los individuos atrapados en esta estación de servicio carga con un equipaje invisible: secretos, culpas y pecados que el entorno parece empeñado en sacar a la luz. La obra explora la idea de que el infierno no es necesariamente un lugar de fuego y azufre, sino un estado mental y espiritual donde el pasado se manifiesta de formas grotescas y aterradoras. A medida que la trama avanza, la línea que divide lo real de lo alucinatorio se difumina, obligando tanto a los personajes como al lector a cuestionar la veracidad de lo que ven sus ojos.
Visualmente, el cómic es un ejercicio de maestría en el uso del blanco y negro. El estilo de Escudero es crudo, directo y profundamente expresivo. El uso del claroscuro no es meramente estético; es una herramienta narrativa fundamental que subraya la dualidad de los personajes y la oscuridad que los acecha. Las sombras en Infierno 66 tienen peso, parecen tener vida propia y devoran los bordes de las viñetas, creando una atmósfera de opresión constante. El diseño de las manifestaciones de horror es perturbador, huyendo de lo explícito gratuito para centrarse en una fealdad orgánica que resulta mucho más inquietante.
La narrativa secuencial es ágil pero se permite pausas contemplativas que aumentan la tensión. No hay prisa por revelar la naturaleza exacta del horror que acecha la gasolinera; en su lugar, el autor prefiere cocinar a fuego lento la desesperación de sus protagonistas. La interacción entre ellos es tensa y está cargada de una desconfianza que se siente palpable, convirtiendo el refugio en una olla a presión donde el conflicto humano es tan peligroso como cualquier entidad sobrenatural.
En términos de género, Infierno 66 bebe de fuentes tan diversas como el cine de serie B de los años 70, el horror cósmico y el thriller psicológico más descarnado. Sin embargo, logra forjar una identidad propia gracias a su enfoque en la redención y el castigo. No es solo una historia de supervivencia física, sino una lucha por la integridad del alma en un entorno que parece diseñado para quebrarla.
En conclusión, Infierno 66 es una obra imprescindible para los amantes del noveno arte que busquen una experiencia inmersiva y perturbadora. Es un descenso a los abismos de la condición humana, servido con un apartado gráfico impecable que logra transmitir el calor sofocante del desierto y el frío gélido del miedo más primario. Una lectura que, una vez terminada, deja una huella persistente, como el rastro de neumáticos quemados en una carretera que no conduce a ninguna parte.