Larrouyet, la obra de Borja González, se erige como una pieza fundamental para comprender la evolución del cómic contemporáneo español y, más concretamente, el nacimiento de un universo visual y narrativo que ha acabado por conquistar la crítica internacional. Publicada originalmente en un formato que evoca la libertad del fanzine pero con la factura de una novela gráfica de autor, esta obra nos sumerge en una atmósfera donde el silencio es tan elocuente como el diálogo y donde lo cotidiano se fractura para dejar paso a una extrañeza melancólica.
La trama se centra en tres jóvenes: Teresa, Matilde y Laura. La narrativa nos sitúa en un entorno que parece suspendido en el tiempo, un verano perpetuo en una zona residencial rodeada de una naturaleza que no es meramente decorativa, sino que late con una intención propia. El bosque de Larrouyet, que da nombre a la obra, funciona como un imán y, a la vez, como un umbral. Las tres protagonistas transitan por este espacio movidas por una mezcla de aburrimiento adolescente, curiosidad metafísica y una búsqueda de identidad que no se verbaliza, pero que impregna cada viñeta.
Desde el punto de vista técnico y artístico, Borja González despliega aquí las señas de identidad que más tarde perfeccionaría en obras como *The Black Holes* o *Grito nocturno*. La característica más disruptiva es, sin duda, la ausencia de rasgos faciales en los personajes. Al despojar a las protagonistas de ojos, nariz o boca, el autor obliga al lector a interpretar las emociones a través del lenguaje corporal, el encuadre y la interacción con el entorno. Esta decisión estética no es un capricho formal, sino una herramienta poderosa que universaliza la experiencia de las jóvenes y refuerza la sensación de misterio que envuelve al bosque.
El ritmo de *Larrouyet* es pausado, casi contemplativo. González utiliza una narrativa de "tiempos muertos" donde la acción no reside en grandes giros de guion, sino en la tensión atmosférica. El uso del color es magistral: paletas limitadas que evocan el crepúsculo, la sombra de los árboles y la luz artificial de las farolas, creando una unidad cromática que sumerge al lector en un estado de ensoñación. La arquitectura de las páginas, con composiciones limpias y un uso inteligente del vacío, permite que la historia respire y que el lector se convierta en un observador silencioso de los rituales privados de las tres amigas.
Temáticamente, el cómic explora la frontera entre la adolescencia y la madurez, pero lo hace alejándose de los tropos habituales del género *coming-of-age*. Aquí, el crecimiento está vinculado a lo desconocido y a lo sobrenatural que acecha en los márgenes de la realidad. Hay una influencia clara de la cultura pop, el post-punk y el terror gótico, pero filtrados por una sensibilidad poética que evita el susto fácil o la explicación racional. Larrouyet es un lugar donde se pueden invocar fantasmas o buscar portales, pero donde lo más aterrador y fascinante sigue siendo la incertidumbre del propio futuro.
La interacción entre Teresa, Matilde y Laura es el corazón de la obra. Sus diálogos, a menudo fragmentados o aparentemente banales, esconden una profundidad sobre la pertenencia y el deseo de escapar de una realidad que se siente pequeña. El bosque actúa como el catalizador de estos deseos; es un espacio de libertad pero también de peligro, un espejo de sus propios mundos interiores.
En definitiva, *Larrouyet* es una experiencia estética y sensorial. No es un cómic que busque dar respuestas cerradas, sino que invita a habitar sus espacios y a dejarse llevar por su cadencia hipnótica. Es una obra imprescindible para los amantes del noveno arte que buscan propuestas que desafíen las convenciones narrativas tradicionales, ofreciendo a cambio una belleza plástica innegable y una profundidad emocional que resuena mucho después de haber cerrado el libro. Borja González demuestra aquí que, en el cómic, lo que no se dibuja y lo que no se dice es, a menudo, lo más importante.