Peter Pank, obra cumbre del autor barcelonés Max (Francesc Capdevila), representa uno de los pilares fundamentales del cómic underground español de la década de los 80. Publicada originalmente de forma serializada en la mítica revista *El Víbora* a partir de 1984, esta obra no es solo una parodia del clásico de J.M. Barrie o de la edulcorada versión de Disney, sino una crónica ácida, violenta y sociológica de las tribus urbanas que definieron la posmodernidad en la España de la Transición.
La premisa de la obra traslada el mito de la eterna juventud a un escenario de nihilismo y confrontación callejera. En esta reinterpretación, la Isla de Nunca Jamás deja de ser un refugio onírico para convertirse en un campo de batalla donde las distintas subculturas de la época luchan por el control territorial y la supremacía ideológica. El protagonista, Peter Pank, es la encarnación del espíritu punk: un joven anárquico, cruel, hedonista y absolutamente carente de moral convencional. Su negativa a crecer no nace de una inocencia preservada, sino de un rechazo frontal a las estructuras del sistema adulto y una entrega total al caos y al presente inmediato.
El conflicto central del cómic se articula a través de la guerra abierta entre los Niños Perdidos, representados como una banda de punks violentos y desarrapados, y sus enemigos naturales, los piratas. En un giro brillante de Max, el Capitán Garfio es sustituido por Tupé, el líder de una banda de rockers (o "rockabillies"). Esta elección no es casual; refleja las tensiones reales que existían en las calles españolas de los años 80 entre los seguidores del rock and roll más tradicional y la nueva ola punk. La rivalidad entre ambos grupos es el motor de una narrativa frenética donde la violencia es explícita y se trata con una naturalidad desarmante.
Max extiende esta sátira a otros elementos del relato original. Los indios de la obra de Barrie son aquí transformados en una comunidad de hippies que viven en una comuna, dedicados al consumo de sustancias y a una espiritualidad que el resto de las tribus desprecia. Las sirenas, por su parte, son representadas como "pijas" o jóvenes de la alta burguesía, superficiales y distantes. Incluso el personaje de Campanilla sufre una transformación radical, convirtiéndose en un hada adicta y malhablada que mantiene una relación de codependencia tóxica con Peter.
Desde el punto de vista artístico, *Peter Pank* es una pieza clave para entender la evolución de la "línea clara" en España. Max utiliza un dibujo limpio, de trazo seguro y composiciones equilibradas, heredero de la tradición francobelga (Hergé, Yves Chaland) y de la vanguardia neerlandesa (Joost Swarte). Sin embargo, aplica esta estética pulcra a un contenido sucio, irreverente y explícito. Este contraste visual es una de las mayores señas de identidad de la obra: la belleza y precisión del dibujo subrayan la crudeza de las situaciones, el sexo explícito y la violencia gratuita, creando una experiencia de lectura única que desafía las expectativas del lector habituado al cómic juvenil.
La narrativa es ágil y carece de digresiones morales. Max no juzga a sus personajes; simplemente los lanza a una espiral de destrucción y diversión desenfrenada. La obra captura el *zeitgeist* de una generación que veía cómo las utopías políticas se desmoronaban y eran sustituidas por el individualismo, el consumo de drogas y la pertenencia a grupos de identidad estética.
En resumen, *Peter Pank* es un artefacto cultural que trasciende la parodia. Es un análisis de la juventud como estado de guerra permanente y una crítica mordaz a la nostalgia. A través de sus páginas, Max logró crear un icono del cómic europeo que sigue resultando fresco y provocador, manteniendo su estatus de obra de culto gracias a su capacidad para subvertir los símbolos de la infancia y convertirlos en un espejo deformante de la realidad social. Es, en definitiva, el retrato de una isla que no está en los mapas, sino en las grietas de una sociedad en plena mutación.