Películas, la obra fundacional de David Rubín publicada originalmente por Astiberri a principios de los años 2000, representa un hito esencial para comprender la evolución del cómic contemporáneo en España y la génesis de uno de sus autores más internacionales. En este volumen, Rubín no solo rinde homenaje al séptimo arte, sino que utiliza su lenguaje, sus tropos y su estética para diseccionar la realidad cotidiana, el desamor y la soledad urbana con una crudeza y una sensibilidad que, en su momento, resultaron revulsivas.
La obra no se articula como una narración lineal única, sino como un compendio de historias cortas, fragmentos de vida y fogonazos emocionales que orbitan alrededor de un concepto central: la vida como una sucesión de secuencias cinematográficas en las que, a menudo, somos actores secundarios de nuestro propio destino. A través de sus páginas, el autor explora la delgada línea que separa la ficción proyectada en una pantalla de la cruda realidad de las calles, los bares y las habitaciones vacías.
Desde el punto de vista temático, Películas es un inventario de la melancolía. Los personajes que pueblan este cómic son seres heridos, soñadores frustrados y náufragos de la modernidad que buscan en el cine un refugio o un espejo donde validar sus propias tragedias personales. Rubín logra capturar esa sensación agridulce de salir de una sala de cine y enfrentarse al frío de la noche, donde no hay banda sonora que subraye los momentos importantes ni finales felices garantizados por contrato. El desamor actúa aquí como el motor principal, tratado no desde el romanticismo idealizado, sino desde el vacío que deja la ausencia y la dificultad de comunicación en la era de la sobreexposición.
Visualmente, el cómic es un despliegue de energía y experimentación. En esta etapa temprana, Rubín ya demostraba un dominio asombroso de la composición de página, utilizando el blanco y negro de manera expresionista y rotunda. Sus manchas de tinta son densas, sus sombras devoran a los personajes y su trazo, aunque más deudor de influencias como Frank Miller o Miguelanxo Prado que en sus obras posteriores, ya posee esa vibración visceral que define su estilo. El autor juega con el montaje cinematográfico aplicado a la viñeta: utiliza planos detalle, panorámicas y silencios narrativos que obligan al lector a detenerse y respirar el mismo aire viciado que sus protagonistas.
La estructura de Películas permite que el lector transite por diferentes géneros y tonos. Hay relatos que funcionan como poemas visuales mudos, donde la narrativa recae exclusivamente en la gestualidad y el entorno, y otros donde el diálogo es afilado, casi cínico, reflejando la frustración de una generación que creció creyendo en las promesas del celuloide para encontrarse con una realidad mucho más gris. Sin embargo, a pesar de su carga de tristeza, el cómic no es nihilista; hay una belleza intrínseca en la forma en que Rubín dignifica el sufrimiento cotidiano a través del arte.
Otro aspecto fundamental de la obra es su carácter autorreferencial y su honestidad brutal. Se percibe a un autor volcándose en el papel, utilizando el medio no solo para entretener, sino como una herramienta de exorcismo personal. Esta honestidad es la que permite que el lector conecte de inmediato con las historias, reconociendo sus propios miedos y fracasos en los rostros angulosos y expresivos de los personajes.
En conclusión, Películas es una obra imprescindible para cualquier estudioso o aficionado al noveno arte. Es el testimonio de un autor encontrando su voz, un ejercicio de estilo que trasciende el mero ejercicio formal para convertirse en un mapa emocional de la condición humana. Sin necesidad de grandes artificios ni tramas complejas, David Rubín consigue que cada viñeta se sienta como un fotograma robado a la realidad, recordándonos que, aunque nuestras vidas no siempre sigan el guion esperado, cada uno de nosotros está rodando su propia e irrepetible película. Es un cómic directo, sin florituras innecesarias, que golpea donde más duele y que, años después de su publicación, sigue manteniendo intacta su capacidad de conmover y fascinar por su potencia visual y su profundidad psicológica.