*Jonathan*, la obra maestra del autor suizo Cosey (Bernard Cosendai), representa uno de los puntos de inflexión más significativos en la historia del cómic europeo de finales del siglo XX. Publicada originalmente de forma serializada en la revista *Tintin* a partir de 1975, esta serie se aleja de los cánones tradicionales de la aventura clásica para adentrarse en un terreno introspectivo, poético y profundamente humanista.
La narrativa sigue a Jonathan, un joven europeo que, impulsado por una mezcla de pérdida personal y búsqueda existencial, se traslada a la región del Himalaya. A diferencia de otros héroes de la época, Jonathan no es un hombre de acción en el sentido convencional; es un observador, un viajero que busca la paz interior y la comprensión de un mundo que le resulta ajeno pero fascinante. La serie comienza con la búsqueda de Saïcha, una joven tibetana que representa su pasado y su principal motivación para adentrarse en las cumbres nevadas, pero pronto la trama trasciende este objetivo inicial para convertirse en una crónica de descubrimientos culturales y espirituales.
El escenario no es un simple telón de fondo. El Tíbet, Nepal y la India son tratados por Cosey con un rigor documental y una sensibilidad estética excepcionales. El autor, que viajó extensamente por estas regiones, logra capturar la majestuosidad de las montañas y la dureza del clima, pero sobre todo la dignidad de sus habitantes. *Jonathan* fue una de las primeras obras de ficción popular en Occidente que abordó con seriedad y empatía la situación política del Tíbet bajo la ocupación china, mostrando la resistencia cultural y el sufrimiento del pueblo tibetano sin caer en el panfleto político, sino a través de las vivencias cotidianas de sus personajes.
Desde el punto de vista artístico, Cosey evoluciona desde una línea clara influenciada por la tradición franco-belga hacia un estilo mucho más personal y atmosférico. Su uso del color es magistral, empleando paletas que evocan el frío del aire de montaña, la calidez de los monasterios y la introspección de los sueños. El ritmo de la narración es deliberadamente pausado; Cosey se permite silencios prolongados, viñetas contemplativas y secuencias donde el paisaje habla más que los diálogos. Esta "lentitud" narrativa es fundamental para sumergir al lector en el estado mental del protagonista.
Un elemento distintivo de la serie es su intertextualidad. Jonathan es un ávido lector y melómano, y Cosey integra estas pasiones en el cómic. Es común encontrar referencias a la música de Erik Satie, Kate Bush o Mike Oldfield, así como citas literarias que funcionan como bandas sonoras sugeridas o guías filosóficas para los capítulos. Esta técnica no solo enriquece la caracterización de Jonathan, sino que establece un puente cultural entre el pensamiento occidental del protagonista y la sabiduría oriental que intenta asimilar.
A lo largo de sus álbumes, la serie explora temas como la soledad, la amistad desinteresada, el desapego y la búsqueda de la verdad. Jonathan crece y envejece con el lector, pasando de ser un joven errante a un hombre que comprende la interconexión de todas las cosas. La obra de Cosey no ofrece respuestas fáciles ni finales cerrados de victoria heroica; en su lugar, propone un viaje de autodescubrimiento donde el destino final es menos importante que la transformación interna sufrida durante el trayecto.
En resumen, *Jonathan* es un cómic de autor que desafió las convenciones de su tiempo al demostrar que el noveno arte podía ser un vehículo para la reflexión filosófica y la denuncia social sutil, manteniendo siempre una belleza visual sobrecogedora. Es una lectura esencial para entender la transición del cómic juvenil hacia una narrativa adulta, madura y profundamente respetuosa con las culturas que retrata.