El Hambre (publicada originalmente como *The Hunger*), es la obra que consolida a Borja González como una de las voces más singulares y potentes del cómic contemporáneo europeo. Publicada por Reservoir Books, esta novela gráfica cierra de manera espiritual la trilogía iniciada con *The Black Holes* y continuada en *Grito nocturno*, conformando un universo compartido donde el anacronismo, la melancolía juvenil y lo fantástico se entrelazan bajo una estética minimalista inconfundible.
La trama nos sitúa en un escenario que parece suspendido en el tiempo: un castillo rodeado de bosques espesos y una atmósfera de cuento de hadas gótico que, sin embargo, se ve constantemente interrumpida por elementos de una modernidad desubicada. Las protagonistas son Teresa y Matilde, dos hermanas que habitan este entorno aislado. Teresa es una joven inquieta, una escritora en ciernes que busca desesperadamente algo que rompa la monotonía de su existencia aristocrática y claustrofóbica. Matilde, por el contrario, representa una figura más pragmática, aunque igualmente atrapada en las dinámicas de un entorno que parece regirse por leyes propias y olvidadas.
El conflicto central se dispara con la aparición de una criatura misteriosa en los alrededores del castillo. No se trata de un monstruo convencional de las historias de terror, sino de una entidad que encarna el concepto que da título a la obra: el hambre. Pero no es un hambre física, sino una voracidad existencial, un vacío que consume recuerdos, deseos y la propia identidad de quienes entran en contacto con ella. A través de este elemento sobrenatural, González explora la insatisfacción vital de sus personajes, esa sensación de estar esperando algo que nunca llega o de pertenecer a un mundo que no termina de encajar con sus aspiraciones internas.
Desde el punto de vista narrativo, *El Hambre* destaca por su uso magistral del silencio. Borja González es un experto en la narrativa visual pura; sus personajes carecen de rostros —no tienen ojos, nariz ni boca—, una decisión estilística que, lejos de distanciar al lector, potencia la expresividad a través del lenguaje corporal, la composición de las viñetas y el uso simbólico del color. La paleta cromática, dominada por azules profundos, verdes boscosos y violetas crepusculares, construye una atmósfera onírica que envuelve al lector y lo sumerge en un estado de introspección.
El guion evita las explicaciones expositivas innecesarias. El autor confía en la inteligencia del lector para interpretar los huecos de la historia, los anacronismos (como el uso de tecnología moderna en entornos medievales) y las metáforas sobre la creación literaria y el paso a la edad adulta. La obra funciona como un laberinto de espejos donde la realidad y la ficción se confunden, sugiriendo que el acto de escribir o de imaginar es, en sí mismo, una forma de lidiar con ese "hambre" que nos define.
En términos de estructura, el cómic mantiene un ritmo pausado, casi contemplativo, que estalla en momentos de una belleza visual sobrecogedora cuando lo fantástico hace acto de presencia. La relación entre las hermanas sirve como ancla emocional, proporcionando un contrapunto humano a los elementos más abstractos de la trama. Es una historia sobre la soledad compartida, sobre el miedo al olvido y sobre la necesidad de dejar una huella, por pequeña que sea, en un mundo que parece destinado a desvanecerse.
*El Hambre* no es solo una conclusión temática para los seguidores de González, sino una pieza autoconclusiva que funciona como un artefacto poético. Es un cómic que no se lee simplemente para saber qué pasa, sino para experimentar una sensación. Es una exploración sobre los límites del deseo y las consecuencias de alimentar nuestras obsesiones más profundas. Sin recurrir a los tropos habituales del género fantástico, Borja González logra una obra madura, visualmente impecable y emocionalmente resonante que reafirma el potencial del noveno arte para abordar la complejidad de la psique humana.