La revista Rambla, aparecida en las estanterías españolas en 1982, no es solo una publicación de historietas, sino el símbolo de una de las transiciones más convulsas y creativas del noveno arte en España. Surgida en pleno apogeo del denominado "boom del cómic adulto", su nacimiento marcó un hito de independencia editorial y madurez creativa que definió a toda una generación de autores.
El origen de *Rambla* se encuentra en la voluntad de un grupo de artistas consagrados —Josep Maria Beà, Luis García, Alfonso Font, Adolfo Usero y, en menor medida, Carlos Giménez— de romper con las estructuras tradicionales de las agencias de representación y las editoriales dominantes de la época, como Selecciones Ilustradas de Josep Toutain. Bajo el sello García & Beà Editores, estos autores buscaron la autogestión, reclamando el control total sobre sus obras, sus derechos y la línea editorial de la revista. El nombre, que evoca la arteria principal de Barcelona, ya sugería ese espíritu de punto de encuentro, paseo y libertad.
Desde el punto de vista formal, *Rambla* se distinguió por su eclecticismo. A diferencia de otras revistas contemporáneas que se especializaban en géneros concretos —como el terror en *Dossier Negro* o la ciencia ficción en *1984*—, *Rambla* apostó por el "cómic de autor" en su sentido más amplio. En sus páginas convivían el realismo social, la experimentación vanguardista, la ciencia ficción metafísica y el humor más corrosivo. Esta falta de etiquetas permitió que la revista se convirtiera en un laboratorio de pruebas donde los autores exploraban límites narrativos que no tenían cabida en publicaciones más comerciales.
Uno de los pilares fundamentales de la revista fue la obra de Josep Maria Beà. En *Rambla*, Beà desarrolló piezas fundamentales como *La esfera cúbica*, una obra que abandonaba las estructuras lineales para sumergirse en un surrealismo introspectivo y onírico, con un dibujo meticuloso que desafiaba la percepción del lector. Por su parte, Alfonso Font aportó la excelencia técnica y narrativa con series como *Clarke & Kubrick, Especialistas en el espacio*, donde la ciencia ficción servía de vehículo para la sátira y la crítica social, o sus historias cortas de corte humanista.
La revista también fue el hogar de la vertiente más política y comprometida de Luis García, cuyas historias, a menudo apoyadas en referencias fotográficas, buscaban una conexión directa con la realidad social de la España de la Transición. Sin embargo, *Rambla* no se limitó a los autores consagrados. Fue un espacio vital para la renovación estética, acogiendo a figuras emergentes que traían influencias del *underground* y de la línea clara. El ejemplo más paradigmático es la aparición de *Peter Pank* de Max, una parodia punk y salvaje del personaje de J.M. Barrie que se convirtió en un icono de la época y demostró que la revista podía conectar con la sensibilidad de la juventud urbana de los ochenta.
A lo largo de su existencia, la publicación atravesó diversas etapas, incluyendo cambios de formato y de enfoque (como las variantes *Rambla Blanco y Negro* o *Rambla Rock*), intentando adaptarse a un mercado que, a mediados de la década, empezaba a dar síntomas de agotamiento. A pesar de las dificultades económicas inherentes a la autogestión, la revista mantuvo un estándar de calidad gráfica altísimo, priorizando siempre la visión personal del artista sobre las imposiciones del mercado.
En resumen, *Rambla* fue la expresión máxima de la libertad creativa en el cómic español. Su legado no se mide solo por las series que albergó, sino por haber demostrado que el autor podía ser el dueño de su propio destino editorial. Fue una revista hecha por y para artistas, que trató al lector como un adulto capaz de enfrentarse a narrativas complejas, estéticas arriesgadas y temas profundos, consolidando el cómic como un medio de expresión artística de primer orden en la cultura contemporánea española.