El relanzamiento de *Masters of the Universe* por parte de DC Comics en 2012, cuyo primer volumen recopila los compases iniciales de esta nueva era, supuso una ruptura drástica con la narrativa establecida en la década de los 80. Bajo la dirección de guionistas como James Robinson y Keith Giffen, y con el arte de Philip Tan y Howard Porter, este cómic no busca apelar únicamente a la nostalgia, sino que reconstruye el mito de Eternia desde una perspectiva de fantasía épica oscura y madura.
La premisa de este volumen parte de un escenario de derrota absoluta. A diferencia de las iteraciones anteriores, donde el conflicto entre el bien y el mal se mantenía en un equilibrio constante, aquí nos encontramos con un hecho consumado: Skeletor ha ganado. El Señor de la Destrucción no solo ha conquistado el Castillo Grayskull, sino que ha logrado lo que siempre pareció imposible: ha reescrito la realidad y ha borrado los recuerdos de sus mayores enemigos.
El protagonista de esta historia no es el Príncipe Adam que conocemos, sino un hombre sencillo que vive en un bosque remoto, trabajando como leñador y cuidando de su anciano padre. Este Adam no tiene conciencia de su linaje real, de su destino como protector del universo ni de la existencia de la Espada del Poder. Sin embargo, su psique está fragmentada; es acosado por sueños recurrentes de una vida que no reconoce, de batallas épicas y de una figura heroica que parece ser él mismo, pero que se siente como un extraño.
La narrativa se estructura como un viaje de redescubrimiento. La trama se pone en marcha cuando Adam es visitado por un halcón que parece guiarlo fuera de su vida cotidiana, empujándolo hacia un mundo que se ha vuelto hostil y desconocido. A medida que avanza, el lector es testigo de una Eternia distópica, donde los antiguos defensores del reino han sido dispersados, asesinados o sometidos a nuevas identidades bajo el yugo de Skeletor. La tensión del volumen reside en la vulnerabilidad de Adam; despojado de su fuerza sobrehumana y de su armamento místico, debe confiar en su instinto y en fragmentos de memoria para sobrevivir a los peligros que el nuevo régimen ha puesto en su camino.
Uno de los puntos más destacados de este volumen es el tratamiento de los personajes secundarios y los villanos. Teela, Beast Man, Trap Jaw y Evil-Lyn son presentados con diseños renovados que se alejan de la estética de los juguetes originales para adoptar una apariencia más orgánica, amenazante y funcional dentro de un contexto bélico. Skeletor, en particular, es retratado no como un villano histriónico, sino como un monarca absoluto, frío y calculador, que ejerce un control total sobre la magia y la geografía de Eternia.
Visualmente, el cómic apuesta por un estilo detallado y sombrío. El uso de las sombras y la paleta de colores refuerzan la sensación de opresión que domina el planeta. Las secuencias de acción son crudas, enfatizando que en esta versión de la historia, las consecuencias son reales y permanentes. El arte de Philip Tan aporta una textura casi gótica a los paisajes de Eternia, transformando lugares icónicos en escenarios de pesadilla que reflejan el triunfo del mal.
*Masters of the Universe Vol. 1* funciona como una deconstrucción del héroe. Al quitarle a Adam todo lo que lo definía —su título, su familia, su memoria y su poder—, los autores obligan al personaje a reconstruirse desde cero. Es una exploración sobre la identidad y el destino: ¿es el héroe producto de sus circunstancias y sus herramientas, o hay algo intrínseco en su espíritu que prevalece incluso cuando todo lo demás ha sido borrado? Este volumen establece las bases de una mitología expandida, preparando el terreno para una confrontación que promete redefinir el orden cósmico de Eternia, alejándose definitivamente de la estructura episódica para abrazar una narrativa serializada de largo aliento.