Bomb Queen II: Queen of Hearts, creada, escrita e ilustrada por Jimmie Robinson, es la continuación directa de la saga que redefine el concepto de soberanía criminal en el mundo del cómic independiente. Publicada bajo el sello Shadowline de Image Comics, esta segunda miniserie profundiza en la compleja y retorcida utopía negativa que es New Port City, un enclave donde la ley no existe y la villanía es la única moneda de cambio aceptada.
La trama se sitúa poco después de los eventos del primer volumen, consolidando a Bomb Queen no solo como una amenaza pública, sino como la gobernante absoluta de su propia ciudad-estado. New Port City se ha convertido en un santuario para los peores elementos de la sociedad, un lugar donde los criminales pueden operar libremente a cambio de su lealtad (y tributos) a la Reina. Sin embargo, esta autonomía total ha puesto a la administración federal de los Estados Unidos en una posición insostenible. Tras fracasar en sus intentos de someterla mediante la fuerza bruta en el pasado, el gobierno decide cambiar de estrategia, optando por una táctica mucho más insidiosa y moderna: la guerra política y mediática.
El núcleo argumental de Bomb Queen II gira en torno a la convocatoria de unas elecciones democráticas en New Port City. El gobierno central, en un intento por desestabilizar el régimen dictatorial de la protagonista, introduce a un candidato que representa los valores tradicionales, la justicia y el orden. Este movimiento obliga a Bomb Queen a abandonar temporalmente su zona de confort —basada en el caos y la violencia explosiva— para adentrarse en el terreno de las relaciones públicas, la manipulación de masas y la demagogia electoral.
A diferencia de otros cómics de superhéroes donde el villano es un obstáculo a superar, aquí la perspectiva se mantiene firmemente en la villana. Bomb Queen no busca redención ni tiene un código moral oculto; es una narcisista radical que disfruta de su estatus y está dispuesta a cualquier atrocidad para mantenerlo. La genialidad de Robinson en este segundo volumen radica en cómo utiliza la sátira para diseccionar el sistema político estadounidense. A través de la campaña electoral, el autor critica la hipocresía de las instituciones, la maleabilidad de la opinión pública y cómo, en muchas ocasiones, la diferencia entre un político "ejemplar" y un supervillano declarado es meramente una cuestión de marketing.
El estilo visual de Jimmie Robinson es fundamental para entender la narrativa de esta obra. Con un dibujo que bebe del estilo "bad girl" de los años 90 pero con una narrativa mucho más dinámica y caricaturesca, el autor logra que la violencia extrema y el contenido altamente sexualizado funcionen como una extensión de la personalidad de la protagonista. New Port City está dibujada con un detalle que refleja su decadencia, un entorno urbano asfixiante que sirve de patio de recreo para las excentricidades de su regente.
En esta entrega, el conflicto no se resuelve únicamente con detonadores y combates físicos. El guion pone un énfasis especial en la guerra psicológica. Bomb Queen debe enfrentarse al hecho de que, para ganar, debe convencer a una población de criminales y parias de que ella es la mejor opción para proteger su estilo de vida amoral frente a la "amenaza" de la civilización y la legalidad. La tensión aumenta a medida que la protagonista descubre que su oponente no es tan vulnerable como parece y que las fuerzas que operan en las sombras tienen planes que van más allá de una simple elección local.
Bomb Queen II: Queen of Hearts es, en esencia, un estudio sobre el poder y la corrupción. No intenta ser una lectura cómoda ni moralizante. Es una obra que desafía al lector al ponerlo en la posición de animar a un personaje que encarna todo lo que la sociedad suele condenar. Sin spoilers, se puede afirmar que el clímax de esta miniserie redefine las reglas del juego para el personaje, dejando claro que en el mundo de Bomb Queen, la justicia no es solo ciega, sino que ha sido asesinada y enterrada bajo toneladas de escombros. Es una pieza clave para entender el cómic de autor de mediados de los 2000, destacando por su audacia, su humor negro corrosivo y su negativa absoluta a seguir las convenciones del género de justicieros con capa.