Morgan, la obra gestada por el tándem creativo compuesto por el guionista Antonio Segura y el dibujante José Ortiz, representa uno de los pilares fundamentales del cómic adulto español de la década de los 80. Publicada originalmente en las páginas de la revista *Metropol* y posteriormente recopilada en álbumes, esta obra se inscribe en una tradición de ciencia ficción distópica y género negro que define a la perfección la madurez narrativa alcanzada por el medio en aquel periodo.
La historia nos sitúa en un futuro cercano y decadente, en una metrópolis que bien podría ser una versión hipertrofiada y terminal de Nueva York. El escenario no es simplemente un fondo, sino un personaje vivo: una ciudad asfixiante, sumida en una crisis social y moral absoluta, donde la ley es un concepto elástico y la supervivencia es el único motor cotidiano. En este entorno de jungla de asfalto, conocemos a Morgan, un agente de policía que opera en los márgenes de un sistema judicial prácticamente colapsado.
Morgan no es el héroe arquetípico de la justicia inquebrantable. Es un hombre endurecido, cínico y profundamente cansado, que ha comprendido que para combatir el caos debe, en ocasiones, mimetizarse con él. Su figura encarna el tropo del "anti-detective" del *hard-boiled* trasladado a un entorno de anticipación. A través de sus ojos, el lector recorre los estratos más bajos de la sociedad: desde callejones infestados de criminalidad hasta las altas esferas donde la corrupción política y económica mueve los hilos de la miseria urbana.
La narrativa de Antonio Segura se caracteriza por una crudeza sin concesiones. Los guiones de *Morgan* huyen de los maniqueísmos; no hay una lucha clara entre el bien y el mal, sino una escala de grises donde los personajes intentan mantener un resto de dignidad en un mundo que ya la ha perdido. Las tramas suelen ser autoconclusivas pero construyen un mosaico coherente de un futuro desesperanzador. Segura utiliza el género policial como una herramienta de crítica social, diseccionando la violencia institucional, la deshumanización urbana y el fracaso de las utopías tecnológicas.
Sin embargo, es en el apartado visual donde *Morgan* alcanza su estatus de obra maestra. José Ortiz, uno de los mayores maestros del blanco y negro en la historia del cómic mundial, despliega aquí un arsenal técnico prodigioso. Su uso del claroscuro es fundamental para establecer la atmósfera de la obra. Las sombras en *Morgan* no son solo ausencia de luz; son densas, sucias y parecen devorar a los personajes. Ortiz logra plasmar la textura del hormigón desconchado, el brillo de la lluvia sobre el pavimento y la fatiga en los rostros de los protagonistas con un realismo sucio que dota a la obra de una fisicidad palpable.
El diseño de producción de la serie es igualmente destacable. La tecnología que aparece en el cómic —vehículos, armas, dispositivos de vigilancia— tiene un aspecto usado, reparado y funcional, alejándose de la estética limpia de la ciencia ficción clásica para abrazar una estética pre-cyberpunk que influyó notablemente en obras posteriores. La composición de página de Ortiz es dinámica pero siempre legible, utilizando encuadres cinematográficos que acentúan la sensación de claustrofobia o la violencia súbita de los enfrentamientos.
En resumen, *Morgan* es una exploración descarnada de la condición humana bajo presión extrema. Es un cómic que se lee con una sensación de urgencia y malestar, diseñado para un público que buscaba en las viñetas algo más que evasión: una reflexión sobre el destino de nuestras sociedades urbanas. La colaboración entre Segura y Ortiz en este título es un testimonio del poder del cómic como vehículo de expresión adulta, combinando una narrativa literaria de alto calado con una excelencia gráfica que, décadas después, sigue resultando moderna, impactante y visualmente insuperable. Es, en definitiva, una pieza esencial para entender la evolución del género negro y la ciencia ficción en la narrativa gráfica europea.