El Ladrón de Días: Una fábula crepuscular sobre el tiempo y la pérdida
La novela gráfica *El Ladrón de Días* es la adaptación al cómic de la aclamada novela homónima de Clive Barker, publicada originalmente en 1992. Esta versión, escrita por Kris Oprisko e ilustrada magistralmente por Gabriel Hernández Walta, traslada al lenguaje secuencial una de las fábulas más oscuras y fascinantes de la literatura fantástica contemporánea. La obra se aleja del horror visceral que caracteriza a Barker para adentrarse en un terreno de fantasía gótica y moraleja sombría, explorando la insatisfacción infantil y las consecuencias de los deseos mal gestionados.
La historia presenta a Harvey Swick, un niño de diez años que personifica el tedio existencial de la infancia. Harvey está devorado por el aburrimiento de una vida rutinaria, de días grises y de una educación que siente como una carga. Es en este estado de vulnerabilidad emocional cuando aparece Rictus, una criatura de sonrisa inquietante y modales seductores que le ofrece una vía de escape: la Casa de Vacaciones del Señor Hood. Este lugar se presenta como un paraíso terrenal diseñado exclusivamente para el disfrute de los niños, un refugio donde no existen las reglas, las tareas ni las prohibiciones.
El núcleo narrativo se desarrolla dentro de los límites de esta propiedad mágica. La Casa de Vacaciones opera bajo una lógica temporal y meteorológica única: en un solo día, los habitantes experimentan las cuatro estaciones. La mañana es una primavera radiante; el mediodía, un verano de juegos interminables; la tarde se convierte en un Halloween otoñal lleno de disfraces y dulces; y la noche culmina en una Navidad perfecta bajo la nieve. Para Harvey, este ciclo parece la solución definitiva a su infelicidad, un banquete perpetuo de maravillas donde cada deseo es concedido antes de ser formulado.
Sin embargo, el cómic maneja con gran pericia la transición del asombro al horror latente. A medida que Harvey convive con otros niños en la casa, como la melancólica Lulu o el glotón Wendell, empieza a percibir las grietas en la fachada de perfección. El guion de Oprisko respeta el ritmo de la obra original, permitiendo que el lector descubra, junto al protagonista, que la generosidad del misterioso Señor Hood no es gratuita. La atmósfera se vuelve progresivamente opresiva, revelando que la casa es, en realidad, una trampa diseñada para drenar algo mucho más valioso que la simple atención de los niños.
El apartado artístico de Gabriel Hernández Walta es, sin duda, el pilar que eleva esta adaptación. El dibujante español utiliza una paleta de colores que evoluciona con el tono de la historia, pasando de tonos cálidos y vibrantes en los momentos de aparente felicidad a una gama de grises, azules y sombras profundas cuando la verdadera naturaleza de la casa sale a la luz. Su estilo, detallado pero con un toque etéreo, logra capturar la esencia de los sirvientes de Hood —Rictus, Jive, Marr y Carna—, convirtiéndolos en figuras que oscilan entre lo caricaturesco y lo pesadillesco. La arquitectura de la casa, retratada como un laberinto que parece cobrar vida propia, refuerza la sensación de aislamiento y peligro.
*El Ladrón de Días* no es solo un relato de aventuras fantásticas; es una reflexión profunda sobre el valor del tiempo y la importancia de aceptar la realidad, con sus luces y sus sombras. La obra plantea una pregunta incómoda: ¿qué estamos dispuestos a sacrificar a cambio de una felicidad eterna y artificial? A través de la figura del Señor Hood, un antagonista que permanece en las sombras durante gran parte del relato, Barker y los adaptadores exploran la figura del depredador que se alimenta de la inocencia y la impaciencia juvenil.
En conclusión, esta edición en cómic es una pieza imprescindible para los amantes de la narrativa gótica. Logra condensar la riqueza temática de la prosa de Barker en una experiencia visualmente cautivadora, manteniendo intacto el sentido de maravilla y el escalofrío que produce descubrir que, a veces, los lugares que