Doctor Who – El Tercer Doctor

La etapa del Tercer Doctor, interpretado originalmente en televisión por Jon Pertwee, es una de las eras más distintivas y queridas de la mitología de *Doctor Who*. Su traslación al noveno arte, específicamente en la miniserie publicada por Titan Comics bajo el título *Doctor Who: The Third Doctor – The Heralds of Destruction*, supone un ejercicio de nostalgia técnica y narrativa que captura con precisión quirúrgica la esencia de los años setenta. Escrita por Paul Cornell —un veterano de la franquicia— e ilustrada por Christopher Jones, esta obra no es solo una aventura más, sino una recreación atmosférica de un periodo donde el Doctor se encontraba exiliado en la Tierra por los Señores del Tiempo.

La premisa nos sitúa en el corazón de la década de los 70 (o los 80, dependiendo de la cronología de UNIT que se prefiera seguir). El Doctor, privado de la capacidad de pilotar la TARDIS a través del espacio y el tiempo, ejerce como consultor científico para UNIT (United Nations Intelligence Taskforce). La historia arranca con una premisa clásica: algo se ha estrellado en el campo inglés. Sin embargo, lo que comienza como una investigación rutinaria de restos espaciales pronto escala hacia una amenaza que pone en jaque la seguridad global y la propia identidad del Doctor.

Uno de los pilares fundamentales de este cómic es el manejo del elenco de apoyo. La dinámica entre el Doctor y Jo Grant es el núcleo emocional de la obra. Cornell logra replicar la voz de Jo, su valentía y su lealtad inquebrantable, mientras que el Doctor se presenta con esa mezcla característica de arrogancia intelectual, elegancia eduardiana y una disposición física para la acción que definió a Pertwee. No falta, por supuesto, el Brigadier Lethbridge-Stewart, cuya relación de respeto mutuo y fricción constante con el Doctor está escrita con una fidelidad absoluta a los guiones originales de la era de Barry Letts y Terrance Dicks.

Narrativamente, el cómic se estructura como un serial televisivo de la época, pero aprovechando las libertades visuales que permite el papel. A diferencia de la televisión de bajo presupuesto de los 70, el cómic puede mostrar naves espaciales a gran escala y efectos visuales complejos sin perder el "sabor" retro. La trama introduce elementos que conectan con la mitología más amplia de la serie, incluyendo la presencia inevitable y siempre bienvenida de El Maestro. La versión del némesis del Doctor que vemos aquí es la de Roger Delgado: sofisticada, letal y con ese encanto de villano clásico que sirve como el contrapunto perfecto para la rectitud del Tercer Doctor.

El apartado visual de Christopher Jones merece una mención especial. Jones no se limita a dibujar personajes que se parecen a los actores; captura sus gestos, sus posturas y la caída de sus ropas. El Tercer Doctor de Jones es reconocible por su capa, sus camisas con volantes y su expresión de curiosidad científica mezclada con autoridad. El uso del color también juega un papel crucial, empleando una paleta que evoca la saturación de las grabaciones en video de la BBC de aquella época, lo que refuerza la sensación de estar leyendo un "episodio perdido".

El guion de Cornell es inteligente al no limitarse a la repetición de tropos. Si bien respeta las convenciones —el uso del Aikido Venusiano, el coche Bessie, la tecnobabblia científica—, introduce una capa de misterio que obliga al lector a cuestionar la naturaleza de los "Heraldos" que dan título a la obra. La trama se expande para explorar las consecuencias del exilio del Doctor y cómo su presencia en la Tierra altera el curso de los acontecimientos humanos, todo ello manteniendo un ritmo ágil que evita los valles narrativos.

En conclusión, el cómic del Tercer Doctor es una pieza esencial para los completistas de la serie y una puerta de entrada excelente para quienes deseen conocer esta etapa sin las limitaciones técnicas de la televisión antigua. Es un estudio de personaje disfrazado de aventura de ciencia ficción, que respeta el legado de UNIT y ofrece una historia autoconclusiva, sólida y visualmente impecable. Sin necesidad de recurrir a giros argumentales que rompan el canon, logra expandir el universo de Jon Pertwee con una sofisticación moderna que honra el pasado.

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