Érase una vez en Francia, escrita por Fabien Nury e ilustrada por Sylvain Vallée, no es solo uno de los mayores éxitos críticos y comerciales del cómic europeo de las últimas décadas, sino una disección magistral de la ambigüedad moral en tiempos de guerra. Publicada originalmente en seis tomos por la editorial Glénat, esta obra se sitúa en la tradición de la *bande dessinée* histórica, pero se aleja de los heroísmos maniqueos para explorar las zonas grises de la condición humana a través de una figura real y profundamente controvertida: Joseph Joanovici.
La narrativa sigue la vida de Joanovici, un inmigrante judío de origen rumano que llegó a Francia sin nada, siendo analfabeto, y que logró construir un imperio económico basado en el comercio de chatarra. Sin embargo, el núcleo de la historia no es su ascenso financiero, sino su supervivencia y prosperidad durante los años más oscuros del siglo XX: la ocupación nazi de Francia. Joanovici es un personaje poliédrico que encarna una paradoja viviente: fue, simultáneamente, un colaborador económico del Tercer Reich, el principal financiador de la Resistencia francesa y un hombre que utilizó su fortuna para salvar a decenas de judíos de los campos de exterminio.
El guion de Fabien Nury se aleja de cualquier juicio moral simplista. No intenta redimir a Joanovici ni condenarlo de forma absoluta; en su lugar, presenta los hechos con una frialdad casi documental, permitiendo que sea el lector quien se enfrente al dilema. La trama se estructura mediante saltos temporales que nos muestran al protagonista en diferentes etapas de su vida, desde su juventud como huérfano superviviente de los pogromos en Rusia hasta su vejez, perseguido por la justicia y por los fantasmas de sus decisiones. Esta estructura permite entender que cada acto de Joanovici, por noble o despreciable que parezca, está motivado por un instinto de supervivencia feroz y una lealtad inquebrantable hacia su familia.
El contexto histórico está recreado con una precisión asombrosa. La obra retrata la atmósfera asfixiante de la París ocupada, donde las líneas entre el deber, la traición y el beneficio personal se difuminan. Aparecen figuras históricas clave, como los agentes de la Gestapo francesa de la calle Lauriston (Lafont y Bonny), con quienes Joanovici mantiene una relación de mutua necesidad y desconfianza. La tensión política y social de la época sirve como el tablero de ajedrez donde el protagonista mueve sus piezas, siempre tratando de anticiparse a un destino que parece condenarlo por su origen étnico.
En el apartado visual, Sylvain Vallée realiza un trabajo excepcional que equilibra el realismo histórico con una expresividad casi cinematográfica. Su estilo, heredero de la línea clara pero con un trazo más sucio y detallado cuando la narrativa lo requiere, es fundamental para dar vida a los personajes. El diseño de Joanovici es particularmente notable: un hombre de apariencia común, casi insignificante, cuya fuerza reside en su mirada y en su capacidad para manipular el entorno. La ambientación, desde los lujosos hoteles parisinos hasta los lúgubres depósitos de chatarra, está ejecutada con un rigor que sumerge al lector por completo en la década de los 40.
Érase una vez en Francia es, en última instancia, una tragedia sobre el poder y el precio de la supervivencia. A través de sus páginas, se explora cómo un hombre puede ser considerado un héroe y un villano al mismo tiempo, dependiendo de quién cuente la historia y qué documentos se pongan sobre la mesa. Es una obra densa, inteligente y visualmente impecable que redefine el cómic histórico, alejándose de la épica para centrarse en la complejidad psicológica de un individuo atrapado en los engranajes de la historia. Una lectura imprescindible para entender que, en la guerra, la supervivencia a menudo requiere caminar por un sendero donde la ética es el primer sacrificio.