Tales from Wonderland: The Mad Hatter #2, publicado en 2009 por la editorial Zenescope Entertainment, representa uno de los puntos de inflexión más oscuros y viscerales dentro de la mitología expandida de su universo basado en los relatos de Lewis Carroll. Escrito por Raven Gregory y con el arte de Daniel Leister, este número cierra la miniserie de dos partes dedicada a explorar el origen y la caída definitiva en la demencia de uno de los personajes más trágicos y aterradores de la franquicia: Johnny Liddle.
La narrativa se sitúa dentro del canon de *Grimm Fairy Tales*, específicamente en la línea que redefine el Reino de Wonderland no como un lugar de fantasía infantil, sino como una dimensión de pesadilla que se alimenta de la cordura humana. En este segundo número, la historia retoma la espiral descendente de Johnny Liddle, el hermano de Calie Liddle y el hijo de la Alice original. Tras los eventos traumáticos del primer número, Johnny se encuentra recluido en una institución mental, un entorno que, lejos de ofrecerle curación, se convierte en el crisol donde se forjará su identidad definitiva como el Sombrerero Loco.
El guion de Raven Gregory se aleja de los tropos habituales del cómic de superhéroes para adentrarse de lleno en el terror psicológico y el drama de explotación. La trama se centra en la lucha interna de Johnny contra las voces que emanan de Wonderland, un reino que reclama su derecho de nacimiento sobre la familia Liddle. A través de una atmósfera opresiva, el lector es testigo de cómo la realidad del hospital psiquiátrico comienza a fracturarse. Las fronteras entre los pasillos asépticos de la institución y los paisajes retorcidos de la dimensión de pesadilla se vuelven difusas, sugiriendo que la locura de Johnny es tanto una enfermedad mental como una infección sobrenatural.
Uno de los aspectos más destacados de este número es el tratamiento del legado familiar. La obra explora la idea de que el trauma es una herencia ineludible. Johnny no es simplemente un villano; es una víctima de un linaje maldito. La narrativa profundiza en su desesperación por mantener un atisbo de humanidad mientras las entidades de Wonderland lo manipulan para que acepte su destino. El cómic utiliza la figura del Sombrerero no como un personaje excéntrico que disfruta del té, sino como una manifestación de la rabia, el dolor y la pérdida absoluta de control.
En el apartado visual, Daniel Leister realiza un trabajo excepcional al capturar la fealdad y la brutalidad de la transformación de Johnny. El estilo artístico es detallado y crudo, enfatizando las expresiones de agonía y la suciedad del entorno. El uso del color es fundamental en este número: las tonalidades frías y apagadas del hospital contrastan violentamente con los estallidos de colores estridentes y antinaturales que representan la intrusión de Wonderland. El diseño del Sombrerero en esta etapa es deliberadamente grotesco, alejándose de cualquier estética victoriana elegante para abrazar una apariencia de "asesino slasher" que encaja perfectamente con el tono de la editorial.
Este número es esencial para entender la cosmología de Zenescope, ya que establece las reglas de cómo Wonderland corrompe a sus habitantes. No se trata solo de un cambio de personalidad, sino de una reconstrucción total del individuo para servir a los propósitos del Reino. La tensión narrativa aumenta de forma constante hasta alcanzar un clímax donde la violencia estalla de manera inevitable, marcando el punto de no retorno para el protagonista.
En resumen, *Tales from Wonderland: The Mad Hatter #2* es una pieza clave de la narrativa de horror contemporánea en el cómic independiente estadounidense. Es una exploración sombría sobre la pérdida de la identidad y la inevitabilidad del destino. Para los seguidores de la saga, este número define la transición de Johnny Liddle de un joven atormentado a una de las fuerzas más destructivas y emblemáticas de la serie, consolidando el tono adulto y transgresor que caracteriza a esta versión del mito de Carroll. Es un cómic que prescinde de la magia maravillosa para centrarse en la crudeza de una mente que se rompe bajo el peso de una realidad insoportable.