Jack y el Diablo, la obra escrita e ilustrada por Fidel Martínez, se erige como una de las propuestas más crudas y visualmente impactantes del cómic contemporáneo español. Publicada bajo el sello de Ediciones Ponent Mon, esta novela gráfica se aleja de los convencionalismos del género negro tradicional para adentrarse en un terreno pantanoso donde la memoria histórica, la culpa y la sordidez de la posguerra española se entrelazan en un relato de una fuerza expresiva abrumadora.
La trama nos sitúa en un escenario rural asfixiante, una España de finales de los años 40 o principios de los 50, marcada por el hambre, el silencio impuesto y las heridas mal cerradas de la Guerra Civil. El protagonista, Jack, es un hombre que regresa a su pueblo natal tras una larga ausencia, cargando con el estigma de la derrota y el peso de un pasado que se niega a desaparecer. Su retorno no es un acto de nostalgia, sino una colisión inevitable con la realidad de un lugar que parece haberse detenido en el tiempo, gobernado por el miedo y la corrupción moral.
El "Diablo" al que hace referencia el título no es una entidad sobrenatural, sino una presencia tangible y humana: el cacique local, la encarnación del poder absoluto en un microcosmos donde la ley es dictada por el más fuerte y el más cruel. Este antagonista representa la sombra alargada de un régimen que se nutre de la miseria ajena y de la impunidad. La relación entre Jack y este "Diablo" es el eje central de la obra, una danza macabra de deudas pendientes y resentimientos que han fermentado durante años en la oscuridad de las bodegas y los callejones embarrados.
Narrativamente, Fidel Martínez opta por un ritmo pausado pero implacable. La historia no se apresura; permite que el lector respire el aire viciado del pueblo, que sienta la hostilidad de los vecinos y la desesperanza de aquellos que han sido aplastados por el sistema. No es solo un cómic de venganza; es un estudio sobre la degradación del alma humana en condiciones extremas. Jack es un antihéroe en el sentido más estricto: un hombre roto, cuyas motivaciones son tan oscuras como el entorno que lo rodea, y cuya búsqueda de justicia —o de un cierre— se confunde constantemente con la autodestrucción.
El apartado gráfico es, sin duda, el elemento más distintivo de la obra. Martínez utiliza un blanco y negro de alto contraste, heredero directo de maestros como Alberto Breccia o José Muñoz. El dibujo es sucio, expresionista y profundamente atmosférico. Las sombras no son simplemente la ausencia de luz, sino una materia densa que parece devorar a los personajes. Los rostros están surcados por líneas que denotan cansancio y amargura, y los escenarios rurales se presentan como jaulas de piedra y barro. El uso del claroscuro no es meramente estético, sino narrativo: subraya la dualidad de los personajes y la ambigüedad moral de sus actos.
La estructura de las viñetas y la composición de las páginas refuerzan esa sensación de opresión. Martínez juega con los encuadres para generar una tensión constante, utilizando planos cerrados que acentúan la claustrofobia emocional de Jack. El silencio juega un papel fundamental; hay secuencias enteras donde la ausencia de diálogo permite que el arte hable por sí solo, transmitiendo una violencia latente que estalla de forma visceral en momentos clave de la trama.
En conclusión, Jack y el Diablo es una obra densa y exigente que utiliza los códigos del *noir* rural para realizar una disección quirúrgica de una época oscura. Fidel Martínez no ofrece concesiones al lector ni finales complacientes. Es un cómic que explora cómo el mal se institucionaliza en las pequeñas comunidades y cómo la sombra del pasado puede llegar a eclipsar cualquier posibilidad de redención. Una pieza fundamental para entender la evolución de la narrativa gráfica en España, centrada en la recuperación de la memoria a través de una estética radical y una narrativa sin fisuras.